TARDANZAS MÉDICAS

El juramento hipocrático, incompleto: Hernán G. Posada R.

No sé si usted que lee estas líneas comparta mi punto de vista, pero siento que se ha hecho mala costumbre y se sigue extendiendo que muy pocos cumplan con atender sus pacientes a la hora de la cita concertada previamente, pues suelen llegar pasada una hora, hora y media o más.

Se entiende que se puedan presentar, de vez en cuando, imprevistos, y más en la tan agitada profesión médica, pero que sea ya una norma, una regla, es lo criticable de manera constructiva, y conste que el mío es bastante cumplido.

Las explicaciones son variopintas: “el Dr. está atendiendo un paciente” –aunque usted llegó a la hora señalada y no es su culpa que el paciente se haya tardado más de la cuenta en su consulta, o haya llegado tarde y lo atiendan antes que a usted que sí llegó en hora; otras frases: “el Dr. tuvo que atender una cirugía”, “el Dr. está atrasadito”, “el Dr. dice que ya viene”, “el Dr. ya está subiendo por el elevador”, “que se le presentó un pequeño inconveniente”; y así una amplia gama de “razones”, tratando de atenuar el enojo creciente del pobre enfermo que lleva hora y media esperando que su querido doctor le diga el porqué de ese terrible dolor de cabeza, le dé solución a su galopante corazón o le recete algo urgente para acabar ese agobiante dolor de panza que lo está matando con tantas idas al baño.

Cuando la aparición del tan esperado galeno se hace realidad, el adolorido y exasperado cliente se levanta como resorte, pensando que ya le van a atender; la emoción y la alegría –después de hora y media de estarse comiendo las uñas del dolor– se esfuman en un instante, pues una secretaria –con voz agria y destemplada– lo para en seco diciéndole: “la señora que tenía la cita de las 4:00 va primero”; y el pobre hombre se devuelve a su silla retorciéndose, esperando que antes de las 6:00 atiendan su cita de las 3:00, y no miremos lo que sucede en los hospitales públicos ¡ni hablar!

Eso sí, si usted llega cinco minutos tarde, ¡perdió su turno!, ya entró el otro paciente y a esperar se dijo.

Respetados discípulos de Hipócrates: por una vez en su agitada vida pónganse en nuestros zapatos, intenten sentir lo que siente el paciente que espera largas horas, traten de entender que, a pesar de los inconvenientes que todos tenemos para cumplir una cita, ustedes más que ningún profesional deben dar ejemplo de puntualidad, seriedad y respeto por el tiempo de sus clientes que, al final, pagan para ser bien atendidos y sobre todo a tiempo, ¿qué pasaría si ese paciente en lugar de cancelarle sus merecidos honorarios inmediatamente (como debe ser) le enviara el cheque dos meses después? ¿Les parecería justo, correcto?

Pónganse la mano en el corazón –sin ninguna alusión a los cardiólogos– traten de cumplirles a sus fieles y leales pacientes, ellos son su clientela y a la clientela hay que cuidarla y respetarla, sin clientela; no hay negocio. Al sabio Hipócrates le faltó incluir la puntualidad como uno de los postulados de su venerado juramento, pero estamos a tiempo.

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