RESPONSABILIDADES

La juventud de ayer y de hoy: Paulino Romero C.

Celebramos jubilosos en este mes de noviembre, el 111 aniversario de la fundación de la República. Y nos preguntamos si la juventud de ayer era distinta de la de hoy. Cambian los tiempos y las circunstancias, pero ella mantiene su alentador ímpetu. Entendámoslo así, y no reneguemos de la gente que bien pronto ocupará nuestro lugar.

El joven es un reflejo fidelísimo del medio en que vive. Este satura su ser y amenaza devorar su personalidad. En un mundo de brutalidad y descortesía, las maneras de los jóvenes se han hecho burdas y torpes, cuando no violentas. Pero en el fondo, si llegáramos a una comparación, quizás no sería atrevido afirmar que hoy son más sanos que los de hace algunas décadas.

El deporte se ha convertido en obsesión y, quizás por ello, ahuyenta o limita los esparcimientos menos saludables a que fueron dados los jóvenes de otro tiempo, cuando entre las pasiones que los movían no era conocida esta del juego al aire libre. Los de ayer estudiaban con mayor consagración y se preocupaban más de las cosas del espíritu, pero era que tenían menos incentivos exteriores. La radio, con sus programas menesterosos, no hacía ningún impacto en sus mentes por la sencilla razón de su inexistencia. El cinematógrafo mudo, apenas si distraía de vez en cuando sus ojos. La vida social de la época era casi la de una aldea. Los libros constituían así la primordial ocupación y el más caro deleite.

Recordemos que no solo la escuela educa o deforma. Educan o deforman, también, el hogar, la calle, el cine, la radio, la televisión, la prensa, las redes sociales, computadoras, la sociedad entera. Pero no pensemos que hemos retrocedido en todo. Hoy se preguntan algunos, ¿cuál ha sido el resultado del novedoso experimento educativo? No será necesaria la linterna de Diógenes para encontrarlo. Ahí están centenares de muchachos (as) ingenieros, arquitectos, abogados, maestros y profesores, médicos, periodistas, comerciantes, agricultores, industriales que se han hecho ya en sus profesiones o que están al frente de prósperas empresas; que han formado hogares felices, y que hoy llevan a sus hijos a la misma escuela que a ellos le orientó.

Son las circunstancias las que forman el espíritu de las generaciones. Lo importante es que la juventud tenga el claro concepto de sus deberes y responsabilidades, que fue lo que caracterizó a la debatida generación del cincuentenario de la República. Llegados al Gobierno, ¿qué hicieron por la cultura algunos de sus miembros? Construyeron escuelas secundarias y normales y le infundieron un nuevo espíritu. Levantaron la ciudad universitaria, se pusieron en contacto con todos los maestros del país; fundaron bibliotecas y museos escolares; lograron el aumento en la remuneración y la estabilidad del magisterio; predicaron con la palabra y el ejemplo el amor a la educación; hicieron cuanto a su alcance estuvo por crear una mística por la cultura. En ellos hubo un espíritu de continuidad en cada uno de sus propósitos, y a ello se debe el que las obras comenzadas en los albores de la República hayan perdurado.

Confiemos en que los jóvenes de esta hora, que no enfrentan problemas menores de los que tuvimos nosotros, tomen conciencia de sus responsabilidades y se tracen un programa de acción. ¿Por qué habrían de ser inferiores a los jóvenes de ayer? Ayudémosle a buscar su camino, porque ellos son la patria del inmediato porvenir, y es lo que ha de interesarnos a todos por igual.

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