AHORROS Y GASTOS

Uno de leones: Berna Calvit

Mientras estaba fuera del país recibí un correo de los que no mando al basurero cibernético porque más adelante pueden servirme para algún escrito. Y así resultó. Tan pronto avisté tierra y el avión enfiló hacia la ciudad de Panamá, recordé el correo con el chiste sobre dos leones; creo que fue por el apiñamiento de altas torres, como cajetas de fósforos; y de barriadas áridas, sin verdor, filas y filas de casas apretujadas donde antes existía selva. “Con razón al león flaco le fue tan mal”, pensé. Algunos chistes, además de arrancarnos saludables carcajadas, nos ponen a pensar, especialmente si tienen connotaciones políticas.

El chiste de los leones, que llamaré León flaco y León gordo, cuenta que se escaparon del zoológico; uno buscó la selva y el otro tomó rumbo hacia la ciudad; al cabo de varios meses fueron atrapados y devueltos al zoológico. El que estuvo en la selva estaba flaco, afiebrado, muy maltrecho; el que se fue a la ciudad estaba que daba gusto verlo: gordo y saludable. León gordo pregunta a León flaco por qué estaba en semejante estado: “Es que en lo poco de selva que nos ha dejado el reguero de construcciones no encontré casi nada de comer. Y tú, ¿cómo es que estás tan gordo?”. Contesta León gordo: “Me fui a la ciudad y me escondí en un ministerio; cada día me comía a un funcionario y nadie lo notaba”. “¿Y por qué regresaste, se acabaron los funcionarios?” pregunta León flaco. “Qué va, sobraban, había montones, como para comer el resto de mi vida”, dice León gordo. “¿Entonces, qué pasó?”, pregunta León flaco. “Cometí un grave error”, contesta León gordo. “Me había comido a un director general, dos supervisores, 15 asesores, 25 secretarias, siete mensajeros, seis guardias de seguridad, y nadie se dio cuenta de que hacían falta. Pero el día que me comí a la señora que hacía el café, ¡ahí fue cuando se me acabó la fiesta!”.

Al volver de viaje repasé los diarios para ponerme al día. Las noticias sobre la gordura, in crescendo, de la planilla me recordaron, nuevamente, a los benditos leones. Un artículo de 23/5/2011 dice que “Mientras que al resto de los panameños se les pide ahorrar y medir sus gastos para minimizar el impacto de la inflación que se vive en el país, el Gobierno sigue aumentando la planilla estatal que de enero a marzo 2011 se ha incrementado en unos ocho mil funcionarios”. ¿Han visto el “infomercial” del presidente Martinelli sobre ahorrar? En los tres primeros meses del año 2010 el renglón salarios fue de $411.2 millones; y de $455.1 en el mismo período, 2011 (La Prensa 22/6/2011). Casi $44 millones más, $15 millones por mes como quien dice, “de un solo chancletazo”. ¿Estarán equivocadas las cifras? ¿Habré interpretado mal los datos? El mayor número de nombramientos están en los ministerios de Educación, de Salud (Minsa), de Seguridad Pública, y en la Caja de Seguro Social (CSS). ¡Quién lo hubiera pensado! Precisamente cuatro áreas con el mayor descontento ciudadano. Si estuviera en el ánimo del presidente acabar con los puestos innecesarios creados para cumplir con los copartidarios y con los amigotes a guanchinche del gobierno, podría pedirle al empresario John Bennett que le diga cómo hacer funcionar el Gobierno con no más de 90 mil funcionarios, tal vez menos, como dice en su artículo “La planilla: Promesas incumplidas” (La Prensa, Economía y Negocios 8/3/2011). Al cierre de 2009 el sector público contaba con 173 mil 516 funcionarios; en 2010 con 181 mil 414.

Los despidos masivos no reducen la planilla; los oposicionistas botados se reemplazan con miembros de los partidos oficialistas. Dice Bennett, “es curioso y elocuente que ya varios gobiernos han erigido sus plataformas de elección sobre la premisa de una contención del gasto, y particularmente de las planillas estatales. La realidad ha sido otra y los hechos hablan por sí solos”.

No es exitoso el Gobierno que se sirve de la ubre del Estado para amamantar y engordar partidos políticos. Soltar unos cuantos leones en oficinas públicas para reducir la planilla no suena bien ni como chiste. Un buen Gobierno crea empleo y riqueza administrando con eficiencia y honestidad los bienes del Estado; mediante la educación; incentivando la producción agrícola e industrial. Un buen Gobierno no utiliza medidas populacheras ni fomenta el parasitismo. En la fábula de Samaniego, La Lechera, a la niña se le cayó el cántaro y vio esfumarse todo lo que pensaba hacer con la venta de la leche. Si al Gobierno se le rompiera el cántaro (ingresos), según los entendidos “habría que buscar aumento en los ingresos. Y se hace a través de nuevos impuestos o elevando el endeudamiento”. Es decir, que si no nos ahogamos, nos come el lagarto.

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