DISCRIMINACIÓN

Una ley necesaria: Bertilda Herrera Anria

Una mujer de apariencia anglosajona entra a un salón de belleza en la famosa Avenida Copacabana, de la ciudad de Río de Janeiro, para hacerse las uñas. La encargada del establecimiento llama a Roberta, una de las mejores manicuristas del salón. La reacción de la clienta fue inmediata, gritó improperios y exigió ser atendida por una mujer blanca. Las demás clientas, sorprendidas por su reacción, se levantaron de sus asientos y salieron en busca de un agente policial, quien de inmediato le da voz de prisión. La condena que le esperaba a la mujer sería de entre tres y cinco años de prisión, sin derecho a fianza. La Ley No. 7.716, que define los crímenes resultantes de prejuicios raciales en Brasil, ordena pena de reclusión para quien cometa actos de discriminación o prejuicio racial, étnico o religioso. La ley reglamenta también el fragmento de la Constitución Federal que torna el crimen de racismo inafianzable e imprescriptible, reafirmando que todos los ciudadanos son iguales, sin excepción de ninguna naturaleza.

El desenlace de esta historia no sería el mismo si el hecho hubiese ocurrido en Panamá, porque no contamos con una legislación que de forma expresa regule y condene cualquier acto discriminatorio. En nuestro país aún tenemos que convivir con esto. A los ciudadanos negros se les mira mal si entran a ciertos restaurantes, bares, edificios públicos y centros de entretenimiento, e incluso al ser contratados por empresas que, al momento de reclutar personal, de forma disimulada rechazan a los afrodescendientes. Como si fuera poco, los afectados enfrentan en las escuelas y centros universitarios la burla de algunos compañeros que les colocan apodos. En el camino, algunos desisten de los estudios. No es casual que la pobreza afecte de forma significativa, en el mundo entero, a más hombres y mujeres negros.

La creación de una ley antirracista en Panamá es de carácter urgente para sancionar e impedir los actos ofensivos y discriminatorios por motivos de raza, religión, orientación sexual u origen, entre otras formas de discriminación, sean cometidos por nacionales o extranjeros.

El racismo no es un fenómeno nuevo y sus manifestaciones son numerosas. Es como un virus que muta y cambia de forma a lo largo de la historia. Su intención es la disminución o la anulación de los derechos humanos de los afectados. Ejemplo de esto fue el surgimiento del racismo en Europa en el siglo XIX para justificar la superioridad de los blancos sobre los negros.

En 1965, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) adoptó la convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial y estableció como Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial el 21 de marzo. No es suficiente adherirnos a esta convención de la ONU; hay que crear nuestros propios mecanismos de protección legal.

Con el surgimiento de las llamadas redes sociales, las leyes existentes en la mayoría de los países han sido ampliadas y contemplan sanciones incluso para aquel que difunda a través de estos instrumentos de comunicación, imágenes o mensajes discriminatorios. Las sanciones son aplicadas aun para aquellos que con un clic en me gusta, aprueben dichas imágenes o mensajes racistas. La implementación en Panamá de la ley de crímenes raciales significa para quien es discriminado una gran conquista. Sin embargo, por el momento nos toca esperar que algún legislador con agallas reaccione y ponga un punto final a la impunidad histórica de esos actos.

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