POLÍTICA Y GOBERNABILIDAD

La liebre y la tortuga: Franklin Castrellón

A raíz del estilo mesurado y apegado a la ley como el actual mandatario de la república, Juan C. Varela, dirige su gobierno, el expresidente Ricardo Martinelli suele burlarse, y en el proceso lo ha calificado de “tortugón”. Esto me hizo recordar la fábula de Esopo La liebre y la tortuga. Según esta, ante las constantes burlas de la liebre por su lentitud, un día la tortuga decidió retarla a una carrera y la liebre aceptó.

Fijaron la salida, la ruta y la meta e invitaron a otros animales a presenciar el desafío. En medio de la carrera, la liebre se adelantaba y se detenía a descansar y a dormir, mientras la tortuga avanzaba sin descanso. Al final la tortuga llegó primero a la meta, derrotando a la liebre. De esta forma, la liebre aprendió su lección: no debía burlarse de los demás. La moraleja es que la rapidez no es lo más importante, sino alcanzar el objetivo.

A propósito de rapidez y resultados, leí que en una ocasión el primer práctico del Canal, John Constantine, intentaba acodar un buque en el puerto de Balboa, con la ayuda de un apresurado piloto. “Despacio, que voy de apuro”, le instruyó Constantine, en señal de que podía causar un accidente, lo que acarrearía una demora.

En el caso que me ocupa, el presidente Varela ha recibido un país, proporciones guardadas, tan destruido en su institucionalidad, sistema de justicia, en las finanzas públicas y en el ámbito político como en la posinvasión, que si actúa a la velocidad que muchos desean podría cometer costosos errores. El gobierno pasado, en el que muchos pusimos nuestras esperanzas, creó tal desastre y dejó plantadas tantas minas, que Varela no puede hacer otra cosa que actuar con cautela. Veamos un apretado resumen de ese desastre.

Con una visión más empresarial (de la mala) que de estadista, Martinelli llegó al poder empeñado en destruir lo poco que había de separación de los poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), para controlarlos todos, incluyendo la Contraloría General. Esa situación le permitió impulsar una parranda de gastos –no inversiones– en muchas obras construidas a sobreprecios, mientras la contralora general actuaba de forma sumisa, omitiendo su deber constitucional de fiscalizar el gasto público. Como muestra un botón: construyó un aeropuerto en Río Hato a un costo de $53 millones que desde que inició operaciones, en abril de 2014, solo ha recibido un vuelo comercial. ¿Hubo algún estudio previo de mercado o costo beneficio que justificara este gasto?

En el ámbito legislativo controló la Asamblea comprando diputados de oposición a punta de partidas y adquisición de bienes, con fines clientelistas, en su mayoría manejados por el Programa de Ayuda Nacional (PAN). Una vez controlado el legislativo, cambió la ley de contrataciones y convirtió en política las contrataciones directas y en excepción las licitaciones. Gracias a esa sumisa mayoría logró el apoyo a toda clase de proyectos, incluso los dirigidos a crear un gobierno paralelo, en el caso de que en las elecciones ganase la oposición. El problema era de tal magnitud que no fue sino hasta fines de septiembre pasado cuando, gracias a la actual Asamblea, Varela pudo desactivar esa mina.

En el sistema de justicia Martinelli se hizo de una mayoría en la Corte Suprema y obtuvo apoyo para remover a la exprocuradora Ana Matilde Gómez, para designar en su lugar a personas obedientes. De su control tampoco escaparía la Unidad de Análisis Financiero, cuyas omisiones seguramente se conocerán en detalle en los próximos meses. La única institución pública que no pudo controlar fue el Tribunal Electoral, pero hubo un ensayo con el caso del Parlacen, para que la Corte se convirtiera en última instancia en materia electoral.

La gente exige justicia por los delitos de corrupción incurridos por funcionarios del pasado gobierno, pero, ¿Pueden prosperar las investigaciones con una contralora y una procuradora que retendrán sus respectivos cargos hasta diciembre de 2014? ¿Puede Varela eliminar esa fuente de corrupción que es el PAN cuando sus propios diputados sueñan con retenerlo para continuar con el clientelismo? ¿Puede impulsar proyectos necesarios con un “pacto de gobernabilidad” con un partido de oposición penetrado por el expresidente? La tarea es difícil, mas no imposible.

Lejos de llegar a la meta prometida en campaña, la liebre se ocupó de destruir todo lo que encontró a su paso y de repartir entre amigos y familiares contratos a sobreprecios, empleos, botellas, dineros y bienes adquiridos por el Estado. Frente a esa opción, prefiero a la tortuga que nos lleve, sin prisa pero sin pausa, hacia la meta prometida, que comienza por restablecer la dignidad del cargo presidencial, continúa con la restauración de la institucionalidad democrática, el imperio de la transparencia y el saneamiento de las finanzas públicas, y terminará abaratando la canasta básica, a través de la libre competencia y el fortalecimiento del agro.

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