CANDIDATURAS PRESIDENCIALES

Eso que llaman carisma: Berna Calvit

A medida que se calientan los motores de las candidaturas presidenciales el “carisma” surge como aspecto obligado; como parece muy importante para atraer votos, fui al diccionario, mi gran amigo, para verificar si lo que define se ajusta al uso que le damos a la tan mentada palabra. Carisma es: “1. m. Especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar. 2. m. Rel. Don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad”. Tratándose de nuestros políticos la segunda acepción no tiene cabida. Aproveché las “conversas” sobre candidatos presidenciales para preguntar “como quien no quiere la cosa” ¿por qué Fulano de Tal, que parece mejor candidato, aparece tan bajo en las encuestas mientras que Zutano y Mengano están entre los primeros? “Ah, es que Fulano no tiene carisma”; y para entender mejor lo que es para mis paisanos panameños, empecé a tomar nota de las respuestas. ¿Qué es carisma para el plomero, el profesor, la jovencita universitaria, el banquero o el vendedor de pescado, personas de diferente ocupación, nivel económico y educación; para el afiliado a partido político o el independiente? Para la mayoría de mis “encuestados” es indispensable que el candidato sea “campechano” que dicen, es saber hablar con el pueblo. Muy bien, ¿y con qué lenguaje?; bueno, que no hable con palabras raras, que sea tú a tú; que se mezcle con el pueblo, que entre en las casas, que les dé la mano, que vaya a las fiestas, ferias, juegos de pelota; que sepa sonreír. Algunos fueron más allá; le dan el voto al candidato que se acueste en una hamaca, sancocho en mano, debajo de un rancho; o que se atreva a comer fritangas en una fonda callejera; y si se pone sombrero indígena o a “la pedrá” y baila un tamborito, una cumbia o un regué, mejor todavía. Mi amigo, el llantero, le da puntos extra si va a los programas de televisión a bailar con “las chiquillonas” o a saltar con los “manes” del programa. ¡Lo máximo!

Hay otros votantes que asocian el carisma con buenos modales y el manejo correcto del lenguaje, la vestimenta, la sonrisa, la palabra amable, el roce social. Los que así opinaron son personas con mejor estándar de vida y mayor educación. Me insufló algo de optimismo que algunos mencionaron como indispensables el bagaje cultural, la formación humanística; el conocimiento de la realidad política y económica mundial y nacional. Y vale resaltar que fueron pocos los que asocian el carisma con valores éticos y morales, lo que bien serviría para que algún sociólogo nos aclarara por qué los señores de pensar profundo y recto no les resultan carismáticos a la mayoría. ¿Qué tal si hoy tuviéramos como candidatos a hombres ilustres como Carlos A. Mendoza, Belisario Porras, Harmodio Arias, Ernesto de la Guardia y otros que honraron la presidencia del país? Durante años el mercadeo político nos ha ido condicionando para que nos dejemos llevar por los artificiosos empaques con que presentan a los candidatos y prestemos poca atención al contenido. Hoy, con tan pobres criterios, no marcaría en las encuestas un político de la talla de Ricardo J. Alfaro, una de las figuras más representativas de nuestra vida intelectual, social y política, internacionalista de prestigio mundial que dejó como rico legado de su intelecto valiosas obras que por razones de espacio no puedo citar; entre ellas, afín con mis intereses, el Diccionario de anglicismos. Me resulta imposible imaginar a alguno de los señores que menciono antes, montado en un descapotable tirando besitos como reina de Carnaval, algo que hizo uno que sueña con mudarse a Palacio.

Para este escrito me vino como anillo al dedo que un amigo, escritor panameño de prestigio, circulara por e-mail Poema, anónimo publicado en un diario de Texas en 1926; se dice que su autor pudo haber sido Guillermo Aguirre y Fierro, autor del conocido poema Brindis del Bohemio. Dice así: “El león falleció ¡triste desgracia! /Y van, con la más pura democracia,/A nombrar nuevo rey los animales./Las propagandas hubo electorales,/prometieron la mar los oradores, y... aquí tenéis algunos electores:/Aunque parézcales a ustedes bobo las ovejas votaron por el lobo;/Como son unos buenos corazones/Por el gato votaron los ratones/A pesar de su fama de ladinas/Por la zorra votaron las gallinas;/La paloma inocente,/Inocente votó por la serpiente;/Las moscas, nada hurañas,/querían que reinaran las arañas;/El sapo ansía, y la rana sueña/con el feliz reinar de la cigüeña;/Con un gusano topo/Que a votar se encamina por el topo;/El topo no se queja,/más da su voto por la comadreja;/Los peces, que sucumben por su boca,/eligieron gustosos a la foca;/El caballo y el perro, no os asombre,/votaron por el hombre,/Y con dolor profundo/Por no poder encaminarse al trote,/arrastrábase un asno moribundo/a dar su voto por el zopilote./Caro lector que inconsecuencias notas,/Dime: ¿no haces lo mismo cuando votas?”.

Panamá está viviendo momentos importantes. Enderezar el mal camino que ha tomado el Gobierno, dependerá de quienes escojamos para gobernar. En Poema, esta vez la literatura, en sabias nupcias con la política nos plantea un dilema. En las próximas elecciones ¿seremos oveja, gallina, paloma? ¿Votaremos por quien está dispuesto a devorar la riqueza del país, que es lo mismo que devorarnos como ciudadanos? ¿Encontraremos carisma en los zopilotes?

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