CORRUPCIÓN

La llave de paso: Berna Calvit

Nos hemos acostumbrado a la corrupción y a convivir con ella como un mal inevitable. Imagino, lector, que usted hará una pausa al leer esa frase y dirá, “no es cierto, yo la rechazo, ¿qué le pasa a esta señora?”. El valor de las encuestas, se dice, es que son “retratos de determinado momento”; pero a lo largo de los años, y muy acentuado en el actual período, ese retrato se ha tornado cada vez más turbio.

¿Cómo interpretar que la gestión de gobierno recibe buenas calificaciones y es, a la vez, calificada de muy corrupta? ¿Qué grado de responsabilidad tenemos en esta situación? ¿Con qué parámetros estamos midiendo la deshonestidad? ¿Es de los que piensan que “no importa que roben, todos los gobiernos roban, pero por lo menos este está haciendo cosas”? Esa aceptación nos convierte en cómplices; con ese modo de pensar renunciamos a nuestros valores éticos y morales. Y lo hemos hecho y continuamos haciéndolo ya sea por sumisión, indiferencia, temor a protestar o porque algún bien personal nos reporta. Es por ello que llego a la conclusión que señalo arriba.

En mi artículo “Divorcio a la italiana” (La Prensa 3/4/1993) comentaba el proceso judicial llamado Mani pulite, “Manos limpias”, llevado a cabo por el fiscal Antonio Di Pietro y decía que: “En Italia la justicia está divorciando a los participantes de un provechoso y retozón ménage a trois. Corrompidos empresarios, políticos y funcionarios son llevados ante la ley para decretarles su divorcio de la cosa pública. El triángulo amoroso daba para todo y para todos: licitaciones amañadas, sobornos, desviación de fondos, tráfico de influencias, préstamos bancarios irregulares, etc.”. El pestilente ménage lo llamó Giacomo Marramao, profesor de filosofía política, “traumático fenómeno de particular importancia”. Decía que a diferencia de lo que sucedía en Italia, donde se sacudieron las ramas para hacer caer los frutos podridos (antes de Berlusconi), en Panamá nada pasaba. Como ven, un escrito añejado 20 años que sigue vigente.

La corrupción no desaparecerá de la faz del mundo (y menos de Panamá) ni es mal privativo del sector público; es la parte oscura del comportamiento humano. Siempre debe ser motivo de preocupación, pero más aún cuando nos es indiferente y hasta la consideramos aceptable. Esos sentimientos son señal grave de deterioro social profundo.

¿Será que ha dañado tanto nuestra autoestima que nos impide considerarnos merecedores de mejor destino que convivir mansamente con esa lacra? Ya que cortarle la yugular es imposible, intentar aminorarla es lo que parece más factible. Faltan siete meses para elegir un nuevo gobierno, tiempo de sobra para plantearnos cómo cerrarle el paso, dentro de lo razonable, sin utopías, a uno de los principales focos de corrupción del gobierno; no será tarea fácil en un sistema diseñado para favorecerla. Pero tenemos “la llave de paso” para impedir que en el próximo gobierno el Ejecutivo maneje a su antojo los asuntos del país como lo ha hecho hasta ahora.

Esa llave de paso es la Asamblea Nacional, desprestigiada institución al servicio del Palacio de las Garzas. Es allí donde se aprueban convenientes designaciones del Ejecutivo para magistrados, contralor, ACP, directores de instituciones “autónomas” (Ampyme, Anam, Anati, DGI, etc.); donde se aprueban de “ya para ya”, leyes enviadas desde Palacio (sospecho que más de cuatro diputados no entienden ni jota de lo que les ponen por delante) tales como la de la venta de tierras de Zona Libre de Colón; millonarios contratos para obras de dudosa transparencia; donde se decide la suerte de las riquezas naturales que despiertan el apetito de insaciables “Pac-man” de inmobiliarias y otros negocios depredadores. Y allí están los bloques oficialistas que impiden que se cite a responder por la transparencia de sus acciones, a funcionarios que por ley están obligados a hacerlo.

Hay diputados aspirando a la reelección, malandros que no solo no merecen ser reelegidos sino que deberían ser investigados y enjuiciados. Es repudiable la escasa moralidad de los partidos políticos que dan abrigo a una caterva de pillos, vagos y vulgares (a veces uno solo encaja en todas estas categorías); a candidatos sin la suficiente educación para el cargo. Me causan especial aversión los “chaqueteros”, vira y cambia, tránsfugas que traicionan a sus electores; que canjean su voto por partidas, no como dicen “para percibir partidas para beneficiar a sus comunidades”, sino para no aflojar la ubre que les permite comprar apartamentos de lujo, tierras valiosas a precio de baratillo; hacer negocios con el gobierno utilizando testaferros, etc. Sabemos quiénes son. Las elecciones nos dan el derecho a elegir gobernantes.

La Asamblea es un punto vital para el balance de poder; debe ser el freno para los excesos y el autoritarismo. Tal como está, necesita ser “fumigada” a fondo. Dentro de siete meses tendremos la oportunidad de remecer las ramas de ese árbol para hacer caer los frutos podridos y deshacernos de los que han pisoteado la dignidad del cargo. No nos rindamos ante la corrupción. El 4 de mayo elijamos diputados decentes y diputados independientes, sin amarres. Cerremos la llave de paso a los que no merecen volver o llegar. Tenemos siete meses para estudiarlos, para conocer los “pedigrí”. Y para escoger los mejores. ¿Reflexión y cambio, o más de lo mismo? Si permite que todo siga igual, no se queje. Así lo quiso usted.

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