POLÍTICA PANAMEÑA

El maleante moderno: Efraín Hallax

En el audio se escuchaba la voz de Bobby Velásquez, pidiendo dos matones para quebrarle la quijada, la nariz y las piernas a uno de sus adversarios por la postulación a alcalde de Panamá por el PRD. Una pequeña muestra de afecto, producto de un pacto ético firmado por los partidos políticos de oposición. Algo normal entre sus miembros. Entrevistados sobre el tema, algunos dirigentes del PRD expresaron su preocupación por la unidad y las posibilidades de triunfar en las próximas elecciones. Desgraciadamente ninguno habló de la maleantería que impera en la clase política. Ninguno pidió su expulsión o sugirió sanciones. Pobrecito Bobby; fue víctima de sus propios copartidarios.

Desde niño, cuando vivía en la avenida Perú, fui testigo de las constantes balaceras, las muertes, los robos de urnas, los escándalos de diputados y las amenazas a los funcionarios para que votaran por los partidos que ostentaban el poder; si no obedecían, no comían. La democracia en Panamá ha cambiado, pero para peor; se ha perfeccionado en el ejercicio de la maleantería. Las balas han sido reemplazadas por maleantes de cuello y corbata, y los cuchillos por leyes elaboradas a la medida de los políticos de turno.

Ya no es necesario asaltar las mesas de votación para robar urnas; eso es cosa del pasado. Ahora, todo se puede hacer (todo significa robar y mandar a quebrar a otros legalmente) en una oficina refrigerada. Y los robos se realizan frente a nuestras propias narices, a nuestros hijos, delante de la prensa; nuestra democracia ha legalizado al maleante político. Es legal el cobro millonario de coimas; es legal que los jueces cobren por liberar a delincuentes.

Mi patria se quiebra, sufre y se desintegra porque la maleantería pareciera haberse apoderado de la clase política, convirtiendo en normal lo que antes era ilegal. Ser político tiene connotaciones negativas en casi el 78% de la sociedad. Maleantes con carros finos, pagados con mis impuestos. Se supone que debiéramos evolucionar hacia el ideal de justicia; es hacia donde se dirige la mayoría de los países civilizados. En Panamá, esta es una mera ilusión de quienes aun soñamos. Si la democracia se desintegra, regresaremos a la densa oscuridad de la ley del más fuerte. El maleante democrático. El maleante elegido por nosotros para que termine robándonos.

La democracia es el mejor sistema de gobierno; nada, creo, lo puede igualar. Pero este solo funcionará cuando los líderes que elijamos en cada partido entiendan la honestidad y respeten las reglas del juego. La regla número uno debe ser: si te agarran robando vas preso, igual que cualquier ratero. En Panamá, quien va preso es el periodista por haber descubierto el robo y haber “incursionado” en la privacidad del maleante.

Ha llegado el momento de una constituyente integrada por notables, cuya propuesta de Carta Magna ubique a la maleantería como la enemiga del Panamá moderno y decente que añoramos los buenos ciudadanos. Un documento que nos lleve a entender que el peligro más grande que enfrentamos es el político corrupto; que dé las herramientas necesarias para que haya políticos decentes elegidos por ciudadanos conscientes; entonces podremos tener buenos gobernantes y buenos jueces. Una Constitución que nos proteja de nuestras propias debilidades.

Una vez comprendamos que las leyes blandas, la justicia sin vendas y los maleantes enquistados en la política jamás detendrán a la corrupción, a pesar de las denuncias que hagan los medios responsables, buscaremos una nueva Constitución en la que el maleante, aunque tenga apellido, abogados o milite en el Parlacen sepa que terminará con sus huesos en la cárcel.

Este ejemplo ya lo han dado otros países. Esto no significa que erradicaremos la maleantería; solo significa que si te agarro vas preso. Lo contrario es lo que existe en Panamá, donde los maleantes de cuello y corbata se sientan a esperar la prescripción de sus casos... y “pa lante, laopé”. La nueva ley que acorta la prescripción, apoyada por diputados de mi partido, es una de las grandes vergüenzas. Debieron promover una que decrete la no prescripción de los delitos contra el Estado; ellos fueron elegidos para dar el ejemplo al resto de la nación.

La decencia no pierde esta batalla por falta de integridad, sino porque quien tiene quiere más, quien no tiene se vende, y el ciudadano decente no quiere participar. Llegó el momento de que los miembros decentes del PRD expresen su indignación; los panameñistas den vigencia a su viejo lema: “somos la reserva moral de la Patria”; y los CD retomemos aquel sueño de decencia que nos unió hace cuatro años. La democracia muere lentamente por falta de honestidad, no porque esta no funcione. Sin decencia política, no hay democracia; sin hombres y mujeres con honor, no existirá la paz en nuestra nación. Cinco mil años de historia nos enseñan que después de los maleantes viene siempre una revolución. Estoy convencido, con todo mi páncreas y mi corazón, que si no adecentamos la política y regresamos al camino de la extraviada justicia, pronto retomaremos las viejas ametralladoras y volveremos al caos de la avenida Perú.

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