ASAMBLEA NACIONAL

Cuando mandan las minorías: Gabriel A. Conte

Da la impresión de que la llamada modernidad ha dado paso a que se trastoque una serie de principios básicos en el desenvolvimiento humano. Para algunos, son tendencias del relativismo, que viaja por el mundo a la velocidad del rayo.

Esgrimo este concepto, ante el acto aberrante escenificado por un grupo de diputados de diversos partidos políticos que no honró la decisión de las mayorías (tomada con anterioridad) en cuanto al candidato que el colectivo apoyaría para que ocupara la presidencia de la Asamblea Nacional, durante el período 2015–2016.

Desde luego, dentro de todo colectivo político es un derecho consagrado el poder disentir, cuando lo que se propone o discute no llena las expectativas reales ni beneficia a la colectividad. Principio que debe ser respetado en el estatuto de toda organización, como la columna que le da vida jurídica a una organización. En nuestra Carta magna, ese principio está casi que conculcado, cuando señala que la curul le pertenece al partido, no al ocupante.

Por lo tanto, cuando una mayoría toma una decisión, el deber del que se opone es acatarla o condicionar su voto por escrito para que en el futuro su posición quede diáfana, al estar su criterio en minoría. No acatar una medida adoptada por la mayoría y romper lo aceptado por esta es un acto de gran vileza que merece el repudio moral y general de la ciudadanía (participante o no de dicho colectivo), pues entraña una serie de conjeturas que pueden ser consideradas con visos de trampa.

Siempre se ha dicho que el deporte de los panameños es “el juega vivo” y da la impresión de que es cierto de toda certeza, ante lo que se vivió en el 1 de julio.

Lo peor de todo es que los que claman, vociferan y se dan golpes de pecho consideran ser los mayores demócratas y defensores de ese sistema, pero son los primeros en darle una puñalada certera y el escopetazo mortal, al infringir uno de los principios fundamentales de la democracia, que es el querer y voluntad de las mayorías. Principio que defenderemos a toda costa, porque al romperse, tal como lo observamos, acabará destruyéndonos.

Lo que vivimos fue el querer de las minorías, obtusas y repelentes. Conocidas ya en nuestro medio y designadas con varios epítetos, ante su voracidad insaciable de bienes materiales para tapar su real incompetencia. Bien lo señalaba Platón, en su obra La República: “... No permitir que a la dirección del Estado lleguen los incompetentes, podría ser la peor tragedia para una sociedad. Ni tampoco los sabios, los que deben dedicarse a otras cosas muy puntuales”.

Caer en los mismos defectos que se criticaron, como el famoso transfuguismo, es algo intolerable.

Decir y criticar dicha práctica, como deleznable, y aceptarla hoy por conveniencia, como buena, solo puede tener cabida en mentes cuyos principios han sido emasculados.

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