1984-1989

A manera de inventario: Roberto Lombana García

En 1984, el Banco Mundial presionó al gobierno de Delvalle. Los que estábamos en los gremios concluimos que vendrían serios problemas en el país. Los ajustes estructurales económicos pondrían a Manuel A. Noriega en un péndulo entre el Departamento de Estado y el Pentágono. Díaz Herrera habló y vino el primer fallido golpe de Estado de 1988. Los masivos retiros de dinero provocaron el cierre temporal de la banca y se intensificó la lucha civilista. Seguíamos recibiendo dinero de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid, por sus siglas en inglés) y eso no le gustaba a las izquierdas ni a los militares.

En abril de 1988, Raúl Barraza, David Alvarado, Rafael Endara, Fausto Fernández y yo fuimos llamados por el arzobispo de Panamá, Marcos Gregorio McGrath, quien dijo: “Pongo mi confianza en ustedes para que hablen en mi nombre, en una gestión de acercamiento con la dictadura, con el fin de acabar la represión”.

McGrath puso al tanto al nuncio José Sebastián Laboa de la misión. De esta forma, entró el tema de la salida del general. Algunas reuniones fueron en una casa de seguridad llamada “El Manguito” y a la primera asistió Noriega con los coroneles y mayores Papo Córdoba, Nivaldo Madriñán, Daniel Delgado Diamante, Rafael Cedeño, Pascual González y otros cuyo nombre no recuerdo. La única pregunta que les hizo Noriega fue: “¿Quiénes son ustedes y a quiénes representan?”. La respuesta fue: “Nos representamos a nosotros mismos, y estamos aquí en nombre del arzobispo y del nuncio apostólico para seguir con las iniciativas por usted conocidas sobre la represión y su retiro”.

Escribió de su puño y letra los nombres de los militares citados, autorizándolos a que negociaran su salida, la firmó y se retiró.

En reuniones con ellos se plantearon temas muy concretos sobre la salida o retiro; de cómo se podía conjugar el populismo torrijista con el arnulfista, ya que el nacionalismo los unía; cómo se haría el relevo hacia un gobierno civil y cómo detener la represión.

Veían al arzobispo como un general, y a la Conferencia Episcopal como zonas militares; no entendían. Pero cada vez que el diálogo avanzaba, la Cruzada Civilista salía a marchar y se daba la represión. Luego había que empezar de nuevo. Como resultado de esa primera reunión, hicimos citas para tender puentes con los partidos políticos y se dieron reuniones con Arias Calderón y su equipo, en la Democracia Cristiana; con Mario Galindo o el Dr. Casco Arias, del Molirena; con Rigoberto Paredes y Alfredo Oranges, del PRD; y con Guillermo Endara, Jorge P. Adames y Napoleón Salazar, del Partido Panameñista. Siempre hubo interferencia de la Embajada de Estados Unidos y algo tenía que ver John Maisto. También hubo reuniones con el Consejo Presbiteral, en el que había laicos y sacerdotes, nos trataron como traidores. Sin embargo, el jesuita Néstor Jaén insistía en el estilo filipino de marchas y mártires.

Todos los partidos estuvieron de acuerdo en aceptar los puentes que se tendían, excepto la Democracia Cristiana, cuyos dirigentes dijeron que con asesinos no se reunían, y que sabían que había un grupo haciendo un trabajo de acercamiento, pero desconocían que se trataba de nuestro grupo.

Por su parte, Noriega, en forma despectiva, decía que ninguno de los que lo rodeaba era su amigo, que no deshonraría el uniforme de las Fuerzas de Defensa, que habría que hacerle un gran homenaje y garantizarle su salida a otros países, y que pasaría con sus muchachos más allegados. Cerca estuvimos de lograrlo, porque supimos de los movimientos en España y República Dominicana. El nuncio Laboa y el arzobispo McGrath eran informados continuamente, pero sentíamos que las cosas entre ambos no iban en la misma dirección. Los obispos auxiliares eran Óscar Brown y el hoy cardenal José Luis Lacunza.

El arzobispo nos pidió que le llevásemos a Solís Palma la Carta Episcopal en la que se condenaba la represión y que repudiaban las sanciones de Estados Unidos por ser moralmente injustas. Nos recibió con el “estado mayor” personal de Noriega, mientras que este permanecía en un cuarto aparte. Se hizo entrega de la carta y hubo que aguantarse todos los improperios contra el arzobispo. En esa reunión ellos expresaron que no se moverían de su posición.

En una segunda reunión con el Consejo Presbiteral, el arzobispo concluyó que no quería más represión ni muertos. Ese día los doberman rodearon la casa del arzobispo, reprimieron a los que esperaban afuera el resultado de la reunión y un helicóptero estuvo una hora sobre la casa, hubo miedo. Con Laboa seguimos atendiendo sus directrices y lo veíamos en la Nunciatura.

Había que formar un nuevo gobierno el 1 de septiembre de 1989, y nos propusieron siete ministerios. Contestamos “que se equivocaban, otra vez, con nosotros, porque éramos emisarios del nuncio y del arzobispo”. Después se produjo otro fallido golpe de Estado, en octubre de 1989, y la masacre de Albrook. Laboa nos instruyó a informar que se terminaba todo y que habría más sangre con la invasión. Nos recibieron los tenientes coroneles Madriñán y Delgado Diamante y así se cerró este capítulo inédito que hoy narro a manera de inventario.

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