El MALCONTENTO

Las manos de Edwin: Paco Gómez Nadal

Cambio Iglesia por Iglesia. Cambio mentira por mentira. Cambio poder por poder. Todo cambia para que no cambie nada. Todo cambia pero las estructuras siguen: pan (empleo precario), circo (carnavales en ciernes) y dioses (religiones corporativas).

La imagen de la autodenominada ceremonia de la unción es de espanto. Podríamos estar a principios del siglo XX y podría ser una catedral católica. Sería lo mismo. La religión sigue siendo la mejor aliada del poder: la primera pone el rebaño (¿de borregos?) al servicio de la segunda y la segunda garantiza impunidad, permisos y puertas abiertas a la primera. La fuerza de las iglesias corporativas (de cualquier signo) no depende de su bondad o de la calidad de las creencias que difunden sino de la cantidad de feligreses y de la posibilidad de manipularlos. Es evidente que ningún político iba a pedirle la unción al pastor Edwin Álvarez cuando predicaba encima de una caja de madera en los arrabales de la Central. Es ahora, cuando llena estadios, dirige televisiones y centros “educativos” y maneja millonarios presupuestos, cuando todos los políticos, casi sin excepción, buscan su mano para buscar los votos que esta esconde.

Martinelli se lo tiene bien aprendido. Se ha pasado su gobierno de unción en unción, haciendo falsos actos de arrepentimiento y declarando su humildad antes de perdonar a “todos” los que le injurian. Gracias, Presidente. Pero, la semana pasada, la mano de Edwin fue más poderosa y nos ofreció una imagen que nos ayuda a saber a quién no votar.

Debajo de la mano (que mece el voto) no solo estaba el presidente-empresario, sino que pudimos ver a su clon sin alma (Arias), al miembro de la Internacional Socialista (Navarro), al más fervoroso católico (Varela) y a segundas espadas buscando escudo en el que protegerse. No saben los tiburones del Grupo Unidos por el Canal que una visita a la fiesta religioso-corporativa de Álvarez le hubiera solucionado el problema; tampoco es consciente el Ministerio de Salud que es en el complejo empresarial de Hossana donde se esconde la solución para el dengue. Por si las moscas, yo estoy recomponiendo mis amistades en Salsipuedes con algunas de las yerbateras mayores para que cuando tengan estadio y masas a sus pies se acuerden de mí y me reserven un asiento en Las Garzas.

La política panameña ha entrado en un bucle peligroso. Cambian algunas caras para que toda siga igual, cambian obispo por pastor (no confundir con la ministra Ana) para que los rebaños sigan balando mientras los abusadores de lo público pastan en sus millonarias praderas.

Fuera del país, el embrujo de algunos empieza a deshacerse (véase el artículo que explica la conversión de Martinelli de líder del cambio a caudillo de Panamá), pero dentro son pocas las brechas que quedan disponibles para airear el podrido sistema. La única opción pareciera ser poner al país en barbecho durante cinco años, saltarse este 2014 y comenzar a discutir ya sobre 2019, cuando, con mucho trabajo y algo de suerte, se podría pensar en una alianza de gobierno radicalmente distinta a las que hoy buscan la mano poderosa de Edwin. Toda opción cortoplacista se quemará en esta hoguera terrenal de vanidades e intereses politiqueros. Construir hacia el futuro, desde abajo, reconstruyendo la confianz de amplios sectores y sumando voluntades honestas y dignas que crean que Panamá puede ser algo más que un Canal y, desde luego, mucho más que el Metro en que se entierran unos sobre costos de los que nadie parece hablar.

Tendrá que esperar casi todo: la justicia a los muertos de Colón, Bocas del Toro o la comarca Ngäbe-Buglé; la puesta en marcha del Pacto por la Justicia; la redistribución de la insolente riqueza que entra en Panamá para quedarse en cuatro cuentas corrientes; las oportunidades reales para los jóvenes; la educación siempre aplazada... pero merecería la pena si el paréntesis permitiera regenerar una sociedad controlada por rezanderos, empresarios con máscara de cargo público y militares autócratas disfrazados de responsables de seguridad.

Que Dios bendiga a Panamá y que se encargue, él mismo, de sus falsos profetas.

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