EXCLUIDOS

Las manos que piden: Berna Calvit

Cuando era niña y daba limosna me sentía bien, contenta, casi angelical. Con un acto de caridad, como ayudar a un ancianito a cruzar la calle, cumplía la buena obra del día. El significado que daba a las palabras limosna y caridad fue cambiando a medida que cambiaba mi visión de la vida, de la sociedad, de lo que somos. Alguien que me quiere bien me aconsejó no escribir sobre limosna y caridad, “te vas a meter en un berenjenal; tienen que ver con conceptos religiosos”. Cito del DRAE las acepciones para este escrito sin matices religiosos; caridad se define como “limosna que se da, auxilio que se presta a los necesitados; actitud solidaria con el sufrimiento ajeno”; y limosna como “dinero, alimento o ropa que se da a los indigentes”. Con lluvia o sol allí está el mendigo, cuya enfermedad le ha ido destruyendo el rostro y otras partes cubiertas de su cuerpo; otro, con piernas que solo son piel y hueso, se mueve peligrosamente entre los autos en una maltrecha silla de ruedas; más adelante un joven con una sola pierna, apoyado en muletas; en otro lugar un anciano en muy mal estado físico, llagado y con una sola pierna, extiende la mano; en el área de El Dorado un hombre con ambas piernas amputadas hace lo mismo. No hay zona en la ciudad donde no haya seres humanos con discapacidades severas, obligados a vivir de la limosna y la caridad pública. ¿Los abandonaron sus hijos, la familia? Es posible, como también lo es que sea esa la manera de no ser una carga para la familia. Pero hay una realidad: la protección social gubernamental no los cubre.

Siempre que puedo doy algo de dinero a las manos que piden, como las que menciono arriba, aunque hacerlo no anestesia mi conciencia y todo lo contrario, me hace sentir mal, impotente. En mi traqueteo mental el peso de la injusticia social recae, principalmente, sobre los gobernantes. Jaume Perich, dibujante, escritor y humorista catalán dijo que: “La caridad es la única virtud que precisa de la injusticia”. Benjamín Franklin, destacado científico, inventor y político norteamericano dijo: “Yo creo que el mejor medio de hacer bien a los pobres no es darles limosna, sino hacer que puedan vivir sin recibirla”. Sería ingenuidad, utopía, creer que algún día la pobreza desaparecerá de la faz de la Tierra. Pero en lo relativo a Panamá, las noticias son indignantes; el último Informe de Desarrollo Humano del PNUD señala que en peor distribución de los ingresos, solo Haití nos supera. Y es mucho decir. Vergüenza debería darles a nuestros gobernantes que estemos pisándole los talones a Haití, país repetidamente arrasado por tragedias naturales de gran magnitud y una larga historia de tiranías y corrupción. Por otra parte, como paradoja, mientras el crecimiento económico de Panamá lo coloca entre los 13 países con mejor dinamismo en el mundo, en desigualdad (¿igualdad?) perdió 15 puntos. Preguntémonos qué significa el estrepitoso bajón. Que siendo un país rico no hay razones válidas para que en Panamá se sigan acentuando la pobreza y el desamparo que a la vez que conmueve debería indignarnos. Ni siquiera hablo de la crónica falta de agua en muchos puntos del país; del desbarajuste del Metro Bus; ni de casas brujas, basura, abusos contra la naturaleza, etc. Hablo de seres humanos enfermos, desvalidos, con impedimentos severos, excluidos de la protección gubernamental.

Proteger a los más débiles, contribuir con educación, vivienda, etc. no es solo tarea de los gobiernos. La solidaridad no es limosna ni es caridad; es continua, a diferencia de la limosna cuyo efecto es transitorio. Es solidaridad la que practican las organizaciones que capacitan, rehabilitan, educan y protegen a niños con discapacidades, a mujeres víctimas del maltrato físico, a ancianos desvalidos; el trabajo voluntario del barrio en proyectos para la comunidad, etc. Concuerdo con Eduardo Galeano en que “A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder”. El político o ciudadano que exhibe su “generosidad” con el fin de ganar imagen o votos desnaturaliza la nobleza de la acción y a la vez que humilla, se humilla a sí mismo.

Siempre que pueda, aun contra mis objeciones íntimas, extenderé la mano para dar limosna con sabor amargo; con el pobre consuelo de que servirá para que ese ser, abandonado por gobernantes insensibles y codiciosos, compre un plato de sopa, medicamentos o lo que sea que aliviará su necesidad inmediata. Por esta gente resulta aun más despreciable el despilfarro de millones de dólares en publicidad vana; en subsidios con fines electoreros; en inmerecidos salarios para “botellones” en la comparsa del Ejecutivo; en compras y concesiones abultadas, etc. El Presidente envió un tuit (impropio, ajeno a su autoridad) pidiendo a una empresa privada retirar la demanda contra la Fepafut y que “¡la pelea de ellos es contra todo Panamá y ahora es conmigo!”. La pelea que debería emprender con esa misma pasión debería ser contra el rostro del Panamá que duele, contra el vergonzoso lugar que ocupa Panamá en la distribución de su riqueza. Esa pelea es la que le compete.

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