REIVINDICACIÓN

Sin máscaras ni disfraces: Dicky Reynolds 0´Riley

Para dialogar, en aras a una transacción favorable, el primer requisito es la honestidad de saber decir qué es lo pretendido y lo ofertado. Sin ambages me quiero referir al tema de la explotación de los recursos minerales e hídricos que mantiene confrontados a los indígenas ngäbe buglé y al gobierno de turno. En primera instancia el Gobierno Nacional debe despojarse de esa imagen de ser el que impone las pautas al diálogo, aunque todos sabemos que es “pelea de burro amarrado con tigre suelto”.

En este conflicto se percibe que hay agendas encubiertas de lado y lado. El Gobierno no ha dicho que esas concesiones ya tienen su aval y temen ser reformuladas y no quiere asumir el compromiso de exigir a las empresas ganadoras de dichas prebendas económicas que tengan como norte una visión de progreso con desarrollo social en esas regiones, por aquello de la mal llamada seguridad jurídica de los capitales nacionales y extranjeros afines a sus intereses político-económicos.

Por otro lado, se está utilizando una pretensión sana, como lo es proteger la flora y fauna de esta comarca, con fines políticos para enrostrarle al Gobierno su falencia en cuanto al trato igualitario hacia esas comunidades. Suena panfletario, pero son más de 500 años de abandono, un caldo de cultivo ideal no solo para protestar contra las minas y represas, sino que implica un odio lógico contenido entre pecho y espalda por aquellos ciudadanos originarios, cuya existencia estuvo limitada a textos de geografía e historia como mera referencia pedagógica –asignatura a la que no es adepto más del 90% de los panameños– o en folletos de publicidad turística como parte de los parajes a visitar.

Sus acciones de protesta beligerante y tenaz, quizás no sean aceptadas por la afectación a los derechos de terceros, pero son efectivas para hacerse sentir. Ello va más allá del aprovechamiento coyuntural de sus propuestas, que pretenden algunos grupos que los acompañan en su peregrinaje, y no por ello dejan de ser justas sus peticiones. La solidaridad que se dispensa a los indígenas es sospechosa, ya que muchos de los que se sientan con ellos los detestan o denigran por perjuicios ancestrales, como el considerarlos haraganes y borrachos e incapaces de tener criterios razonables en estas faenas.

Negociar con ellos no le cae en gracia a ninguna autoridad nacional, primero por considerarlos como lo más bajo en la escala social y, peor aún, porque los dirige una cacica y ello puede ser determinante para que otros actores sociales, también, lo intenten; es mal precedente. Realmente, están trancados en la doble moral de rubricar un documento con estos ciudadanos.

Los indígenas tienen todo el derecho de desconfiar de aquello que representa el intercambio de espejitos por oro, de aquellos que los consideran primitivos e ignorantes y hasta los miran y los tratan como preguntando ¿qué se cree ese indio igualado?

Todos los gobiernos han preferido que se queden estancados en la penumbra del progreso, porque ellos representan la bolsa de trabajo perfecta para labores de peonaje en cafetales, cañaverales y labores domésticas, sobre todo en regiones donde se mantienen estructuras feudales de producción y dominación, no muy alejadas de la esclavitud, a veces matizada por el falso paternalismo de ayudas gubernamentales como los 100 para los 70 o las becas universales que los mantienen conformes con su letargo ancestral; pero cuando se les ocurre reclamar se le pone de presente la sentencia de “indios, palomas y gatos, animales ingratos”, para descartar sus aspiraciones.

Es falaz el discurso de que ellos se oponen por su mezquindad a no querer compartir su riqueza territorial para el progreso nacional.

Ellos viven en lugares inhóspitos, arrinconados por la sociedad en áreas donde “el diablo dejó las cutarras”, ahora bajo la codicia etiquetada como de interés nacional.

Las condiciones que han solicitado en su negociación tienen asidero, como considerarlos intransigentes solo por preguntar: ¿Habrá luz eléctrica, agua potable, educación de verdad, trabajos y salarios justos? En pocas palabras, ¿qué nos tocará?

Solo hay que tener como referencia a la provincia de Colón, que tiene una de las más grandes zona libre del mundo, puertos de contenedores y cruceros, pero en donde se observa la falta de solidaridad del Gobierno y de los “mercaderes” con los habitantes de una ciudad sumida en la ruina.

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