REFLEXIÓN

Los que matan sin violencia: Victoriano Rodríguez Santos

Panamá, en términos de inspiración poética, es un manantial, en pleno invierno. Desdichadamente los políticos corruptos se dieron cuenta de ese río de oro, plata y riquezas, que llenan sus garrafones. Y no conformes, crearon piscinas y desviaron el cauce de sus aguas hacia bancos y cuentas en el exterior. Bien lo dijo el fugitivo expresidente como eslogan de campaña: “Entran limpios y salen millonarios”, vanagloriándose de repudiar la “cueva de ladrones”, de la que se hizo socio directo. Gran parte de los proyectos impulsados en su gobierno demostraron ser un fracaso. Tal es la famosa Ciudad Hospitalaria que el viernes 13, por un descomunal tranque en la vía hacia el puente Centenario, confirmó que sería un casi asesinato, por decir lo menos, llevar a un enfermo de urgencia en días como el citado.

Podemos citar otros proyectos de ingrata recordación, como el puente Van Dam, las millonarias sumas pagadas por las estatuas en Balboa, las 35 toneladas metálicas de Los Juegos de Antaño, que nunca aparecieron, la incipiente pero demostrada filtración de aguas en el tercer juego de esclusas, las cintas costeras 1, 2 y 3, y muchas bellezas que el pueblo olvida. Ahora, la Caja de Seguro Social pretende alquilar ambulancias. Habría que conocer quiénes son los intermediarios.

Es imposible analizar el uso indiscriminado, hasta para no vestir de harapos, de las partidas discrecionales, que nadie se ha atrevido investigar. Alguien de forma jocosa, pero atinada escribió: “No somos un país pobre, somos un país empobrecido por políticos mafiosos que han desangrado a su patria” y adicional a ello quizás el mismo u otro autor agregó: “No nos faltan recursos, nos sobran ladrones”.

Vivimos en un país en que la corrupción ha idiotizado a muchos y es la razón del eslogan: “Un pueblo que elige corruptos no es víctima, es cómplice”. Y seguimos votando por los mismos. Quizás más del 90% de la población tiene país por cárcel, a pesar de ser gente decente, honesta, trabajadora y seria. Por desdicha, esa es la condena que le dan a quienes delinquen con los recursos del fisco; a quienes asesinan, día a día, de hambre a los panameños pobres y paupérrimos.

Hablamos de la violencia que comete un ladrón o un asesino, sin percatarnos de que también se roba y se mata sin violencia cuando le hurtan al Estado y condenan al pueblo a sufrir hambre, enfermedades, desnutrición y analfabetismo; lo condenan a la pobreza permanente, a pesar de las dádivas de programas mal concebidos, como 120 a los 65, Ángel Guardián y Barrio Seguro, entre otros. Más que dar un “apoyo familiar” habría que buscar el desarrollo económico integral. No lo hacen, porque quieren mantener el clientelismo. Retomemos las estrofas de Gaspar Octavio Hernández, en Canto a la Bandera, y demostremos que en los panameños no hay cobardía. Es preferible pasar hambre, con honestidad, que vivir en la opulencia y escondido por temor a la justicia o a que te desaparezcan. ¡Dios te salve, Panamá!

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