COMBATIR LA DELINCUENCIA

Todo el 1 de mayo: Berna Calvit

El 1 de mayo se celebró el Día del Trabajo. El 1 de mayo a medianoche empezó la veda electoral. El 1 de mayo murió un niño de nueve años apuñalado varias veces dentro de su casa. Una fecha con buen comienzo y un final doloroso. Sin bola de cristal para adivinar el futuro escribo este artículo antes de que los votantes decidan quién gobernará el país el próximo quinquenio. ¡Qué alivio el final de esta abusiva y prolongada campaña electoral! Encender el televisor, e-book o el celular y no ver cuñas políticas ni denigrantes escenas de diputados regalando (con dinero nuestro) enseres domésticos y hasta autos parece un bello sueño. Y que faltan pocos meses (eso espero) para un cambio de escenario político en el cual no aparezcan personajes indigestos (eso espero), me causa ansiedad gozosa, como cuando se está llegando al final de un filme de terror, pero se intuye un desenlace feliz. Ahora falta que obliguen a retirar la “chorreteada” absurda de carteles banderolas gigantescas y los miles de fotos de candidatos con las que nos atormentaron durante meses, algunas tan retocadas a punta de photoshop que más bien parecen de cuando “toldeaban” con el Gran Combo o de graduación de la secundaria. Ante la rocambolesca avalancha de publicidad, a quienes les conciernen los reglamentos electorales deberían, para la próxima campaña, fijar limitaciones al gasto publicitario, tamaño de los carteles y los sitios donde colocarlos. Durante meses y hasta el final el Presidente irrespetó las restricciones de apoyo oficial a su candidato; se permitió a sí mismo y a otros del Gobierno faltar a la sobriedad, la discreción y la dignidad de sus cargos. Ojalá que el gobierno que lo suceda se conduzca mejor (en todo sentido). En la nueva etapa nada cambiará si nosotros, la masa, los ciudadanos de a pie, permitimos que los políticos mantengan las vergonzosas conductas que hasta ahora les han dado buenos resultados.

La alegría que sentía por la veda política se esfumó con una noticia que me golpeó el alma. Un niño de nueve años al cuidado de su abuela, vendedora de billetes, fue asesinado a puñaladas en Arraiján; estaba solo dentro de la casa enrejada como están casi todas, porque la delincuencia nos ha convertido en prisioneros. Alguien preguntó qué hacía un niño de nueve años solo en la casa. ¡Qué pregunta tan alejada de la realidad, de lo que sucede en la mayoría de los hogares panameños! ¿Puede una humilde abuela que tiene que salir a ganarse la vida, pagar una niñera o empleada doméstica para cuidar al nieto? Tal vez, la madre del niño trabaja y lo sentía más seguro en la casa enrejada de abuela; quizás el padre, como tantos, no es figura presente en el hogar. Son muchos los niños que tienen que “bandearse” solos mientras crecen; que tienen que cocinar y cuidar de hermanos menores porque sus padres salen de casa a las 4:00 o 5:00 de la madrugada para poder llegar a tiempo al trabajo. La jornada escolar de un solo turno deja a los muchachos sin supervisión en el hogar durante muchas horas; el aumento del costo de vida obliga a muchas madres a trabajar fuera de casa. Sin albergues temporales o centros comunitarios donde pudieran estar protegidos, estos niños terminan siendo víctimas de un sistema que los ignora; o victimarios que se cobran por las malas ese abandono y buscan el núcleo perverso de las pandillas para atacar o defenderse. Para ellos no existen programas sostenidos para la formación de valores positivos; es escasa la sana actividad deportiva, los torneos intelectuales y otras actividades que contribuirían a alejarlos del amparo maléfico de adultos que los utilizan.

El manejo de la delincuencia juvenil despierta apasionadas polémicas sobre los derechos de protección a la niñez y los convenios internacionales sobre el trato y las sanciones aplicables a los menores de edad. Pero hay una realidad insoslayable: el delincuente adulto se está sirviendo de los menores; los suman con el atractivo del dinero fácil y que “si te agarran, te sueltan rapidito”; incluso les prometen protección legal. Que una criatura de nueve años haya sido asesinada en su propia casa no es un crimen más; esta muerte no fue por ajuste o “tumbe” entre narcotraficantes, ni por una bala perdida. La vesania en este crimen es el más hórrido indicador del grado de deshumanización del delincuente juvenil que apuñaló varias veces al niño.

En vez de tantos millones para llenarnos los ojos con obras de cemento, y ganancias indebidas para algunos, el próximo gobierno debería contratar especialistas (no burócratas de bla bla) para que diseñen un plan, no de ataque, sino de salvación para los que, derrotados por un sistema social que los ha abandonado a su suerte, nos consideran sus verdugos. En vez de subsidios repartidos como confeti, que fomentan el parasitismo social, y de obras ostentosas de escasa urgencia, dediquen todo el dinero necesario al esfuerzo de salvar de la delincuencia a nuestros muchachos; a disminuir la deserción escolar; a combatir el consumo de drogas, a formar jóvenes sanos de cuerpo y mente. ¿Tiene niños, sobrinitos, quiere a los niños de sus amigas, al vecinito? ¿Es abuelo, abuela? Imagine el miedo de esa criatura de nueve años. Solo eso le pido.

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