REFORMAS

Al oído de los miembros de la concertación: Guillermo Tatis Grimaldo, hijo

Veo un legítimo interés en el proceso de propuestas para la reforma constitucional que se pretende hacer y eso presagia buenos resultados. Lo digo sin exageración, de ello da cuenta la cantidad e importantes aportes que la Comisión de Concertación dice haber recibido.

Es innegable que tradicionalmente estos temas no despiertan mucho entusiasmo en la población, salvo en la clase política, y, tal vez, obedezca al hecho –de alguna manera justificado– de que estos asuntos no traen consigo ninguna solución a sus problemas cotidianos. Sin embargo, no podemos soslayarlos, porque sí son trascendentes, por cuanto de una buena Constitución política depende, en gran medida, la relación armónicamente civilizada de los órganos del poder público entre sí y los ciudadanos, es decir: la gobernabilidad del país.

Sé que no resulta fácil conciliar toda una gama de opiniones sobre materia constitucional, por lo vasto y complejo del tema, unos preferirán un sistema presidencialista menos o más fuerte, mayor descentralización; otros, una transformación profunda de la justicia; otros, simplemente, desearán enterrar el poder Legislativo. En fin, una cantidad de deseos que no cabrían ni en la ilusión más conspicua de una Constitución perfecta, pese a ello no podemos perder la oportunidad de proponer ideas y generar opinión pública.

Uno de tantos temas es el Órgano Legislativo. La imagen de su Asamblea y el pernicioso y oscilante vicio que recae sobre ella obliga a reformular totalmente el parlamento. Se comenta una buena hipótesis para corregir el problema, la elección de diputados por circunscripción nacional, pero parece que la idea no aterriza.

Propongo, al oído de los miembros de la concertación, que busquen una solución distinta, pero guardando los mismos propósitos. Cambiar la circunscripción electoral de circuito por la provincial, pero con un nuevo sistema de elección y votación, que sería por una lista electoral aplicable para cada provincia por partido en la pluralidad que aquél decida o crea conveniente. De suerte que no se vota por un candidato per se, sino por una lista electoral que contiene los nombres de los candidatos en riguroso orden sin que pueda alterarse ni pasar raya para excluir. Para la asignación de curules, el primer voto de la lista y los sucesivos recaerán en el primer nombre de la lista hasta completar el cociente electoral y, cuando corresponda, el medio o su fracción. En ese orden de ideas, se repite la misma cuenta y asignación al segundo nombre de la lista electoral, repitiendo la mecánica de asignación de votos a los que sigan en la lista hasta agotar los votos emitidos a la lista electoral. O lo que es igual: el total de votos válidos obtenidos por la lista electoral se divide por el cociente (o fracción si es el caso) y el resultado es el número de curules que gana la lista, siempre en riguroso orden.

Esta nueva mecánica electoral le permitirá a cada partido incluir en los primeros renglones o, en el lugar que lo prefiera, figuras provinciales de dimensión nacional, con trayectoria política y prestigio ciudadano que le permitan capturar más votos por su credibilidad política para su lista electoral.

Si bien la confección de la lista habrá de ser una potestad de cada partido político para cada provincia, el Tribunal Electoral tendrá que regular toda la materia pertinente para la escogencia y composición de las listas.

Adicionalmente a este beneficio que, sin duda, nos ayudará a depurar la Asamblea Nacional, esta reforma traerá consigo la eliminación de suplentes, toda vez, que la propuesta contempla que la falta absoluta será sustituida por el primero que no alcanzó a ser elegido, obviamente, de su lista electoral.

Efectivamente, no habrá quien reemplace a un diputado en las faltas temporales, no será necesario, pero obligará a otro cambio: a ganar quórum con la mayoría de asistentes a las sesiones.

Otros temas a tener en cuenta para la reforma a nuestra Constitución es el de incluir a esa jerarquía lo que hasta ahora se conoce como Reglamento Interno, al menos, lo relativo a la conformación y funciones de las directivas, secretarías y comisiones, que a lo sumo no deben ser más de 10 comisiones constitucionales. Abolir la noción secreta, pero castrense de “obediencia debida” de los diputados a las direcciones de sus partidos, toda vez, que los diputados deben tener voz propia, iniciativa y libertad de votar lo que juzguen conveniente.

Ah, y algo más, aprovechemos de una vez por todas y suprimamos ese adjetivo impúdico y ultrajante de “honorable”, que se anteponen los diputados, no por ellos, sino por nosotros. Bien podríamos llamarlos diputados de la República.

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