REFLEXIÓN

Las minorías étnicas: Adriano Mckenzie F.

Creo que caí en cuenta que pertenecía a las llamadas minorías étnicas, cuando trataba de peinar mi cabello hacia atrás y la peinilla se resistía.

Después hubo otros factores que me indicaban mi condición de “rareza”. En 1958, mi familia se trasladó de la capital del país al pueblo de La Chorrera y cuando mi madre me enviaba al mercado, bastante distante de nuestra residencia, al regresar los niños del lugar (hijos de santeños, interioranos y gringos) se agrupaban y a coro me gritaban: “San Martín de Porres”.

El parecido era bastante... mi pequeña canasta en la mano, mi sonrisa y toda mi figura era muy similar al santo peruano de raza negra. Pero el ser diferente, mientras crecía, me hizo fuerte y me dio la plena seguridad de que mis logros eran producto exclusivo de mi capacidad.

Al ser negro de origen afroantillano, la discriminación era más marcada que hacia los otros negros, los coloniales, ya que estos habían asimilado la cultura panameña, en cuanto a bailes folclóricos, indumentaria e, incluso, en sus viviendas.

El negro afroantillano de las décadas de 1940, 1950 y 1960 era distinto al actual. La mayoría solamente hablaba inglés e imitaba, en sus costumbres, a los estadounidenses.

De manera espontánea y por afinidad, en la ciudad de Panamá habían ubicado sus residencias en Río Abajo y Parque Lefevre. Además, en las provincias de Colón y Bocas del Toro, y en Puerto Armuelles, en la provincia de Chiriquí.

Reconozco mi ignorancia, pero en Panamá somos una mezcla de razas y combinaciones de subproductos de ellas. Quizás los indígenas en sus comarcas mantengan una pureza étnica y con las hidroeléctricas y las minas perderían su legado cultural y su integridad racial, además de ver sus ríos secos o contaminados.

Hay un porcentaje mínimo de panameños seguros de que los indígenas están exagerando en la mesa del diálogo (algo hay de cierto). Sin embargo, por fin las autoridades gubernamentales les están poniendo atención y ellos sienten, y con razón, que esta es su oportunidad de oro para exigir que se arreglen las cosas que por años habían solicitado y que caían en oídos sordos.

Hay muchos elementos que alimentan la beligerancia de la etnia ngäbe buglé: bajos salarios por su jornada laboral; diferencias ancestrales con los llamados latinos, abusadores endémicos de las indígenas adolescentes a las que contratan como domésticas, etcétera.

El protagonismo actual de los indígenas debe ser aprovechado por ellos para dejar sentado, por escrito de una vez por todas, las condiciones que en el futuro prevalecerán en cuanto a las hidroeléctricas, las minas y todo lo que afecte su entorno.

Creemos que los indígenas deben establecer un margen de negociación en el que, con su aprobación previa, se permita la utilización de algunos de sus recursos hídricos que no vayan en detrimento de la biodiversidad de la comarca.

El criterio generalizado es que se llegue a un acuerdo satisfactorio, en donde se respete la opinión de los ngäbe buglé, sin poner en peligro la generación futura de electricidad para el país. Ojalá que cuando se publique este artículo la paz haya retornado a nuestra nación.

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