EDUCACIÓN

El mito académico: John A. Bennett N.

El sistema académico, tal y cual lo conocemos y practicamos, está diseñado para confundir a los jóvenes, particularmente a los de extractos más humildes. Se les adoctrina para que confundan los procesos con la substancia; es decir, que más escuela es más educación o simplemente a confundir enseñanza con aprendizaje; a los diplomas con la competencia y a la elocuencia con la capacidad de decir algo nuevo o inteligente.

Las escuelas contemporáneas están orientadas a la creación del servilismo y no de valores. La atención médica con la buena salud; la asistencia social con una mejor sociedad; política con protección; armamentismo con seguridad; y desenfreno con trabajo productivo; y todo esto revuelto en un purgante de instituciones estatales que dicen servir al pueblo, para lo cual necesitan recaudar más y más.

Ilich nos estremece con una ilación de argumentos que nos aboca hacia una distorsión de la realidad en la que llegamos a confiar ciegamente en las instituciones tradicionales.

Hemos sido inculcados sigilosamente a través de currículos “aprobados”, que ahora llaman “transformados”; cuando la realidad es que necesitamos una inmensa desintoxicación académica.

La verdadera educación no deambula por los laberintos de nuestros tristes centros académicos. El conocimiento que más nutre es el que adquirimos fuera de esos centros penitenciarios; de manera que mientras más rápido nos indultan, más pronto podemos educarnos.

¿Y cuáles serían las alternativas? Ilich nos habla de una red de servicios que le proporcione a cada persona las mismas oportunidades para el intercambio de sus preocupaciones con otras personas con iguales motivaciones. Eso lo propuso en 1971 y hoy se parece muchísimo a la red cibernética, que es el sitio o la “nube” en donde se está dando la verdadera revolución del conocimiento.

El truco está en lograr los enlaces entre personas con similares inquietudes, de manera que se complementen entre sí. En la internet no existen los controles sociales que desean ególatras gobernantes.

Por otro lado, hemos llegado a idolatrar la escuela –viendo al maestro como el ángel de guarda, el moralista, terapista–, en donde depositamos lo más preciado que tenemos: nuestros hijos, para luego desentendernos.

¿Cómo es posible que hayamos llegado a aceptar, dócilmente, que de palacio nos dicten currículos? Éstos, por su propia naturaleza, son como ferrovías que nos ciñen a caminos que nos han sido mandados por otros, al punto que ni los mejores profesores pueden salvar a nuestros hijos del destino final de esas “ferrovías”.

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