CARTA POLÍTICA

El momento panameñista: Danilo Toro Lozano

La elección del candidato presidencial panameñista dejó su marca en el calendario. El 25% de los inscritos en ese partido emitió su voto y casi todos lo hicieron a favor de Juan Carlos Varela. Sobre esta proporción, a diferencia de otros partidos, no resulta fácil dar explicaciones porque, durante décadas, los seguidores de Arnulfo Arias aprendieron a esconder su voto a lo largo de varias campañas, como mecanismo de sobrevivencia y ardid de desconfianza.

Sin embargo, por encima de la cultura arnulfista, la conducta de muchos de los copartidarios de Varela no significa que este tenga excusa por no evidenciar una proporción más elevada de interesados en su candidatura presidencial. Necesitaba y debió haber llevado a la mayor cantidad de votantes a las urnas el domingo 17 de marzo; le queda pendiente esa demostración de arraigo popular, tanto en escenarios urbanos como rurales. Pese a ello, Varela cuenta en estos momentos iniciales de la contienda con mejores cifras que las que presentaba en octubre de 2008, su mejor momento, antes de que se aliara a Ricardo Martinelli y a seis meses de las elecciones de 2009.

El candidato arnulfista tiene suficientes meses en este año para conseguir un despegue contundente y lograr para sí, en 2014, lo que facilitó para otro en 2009. Su destino final dependerá, en gran parte, de algo que parecía haber dejado a la discrecionalidad del presidente Ricardo Martinelli: su identidad como líder de la oposición. Tras la separación de ambos, no quedaba dudas de que el poder de fuego del mandatario lo identificaba como el principal opositor, pero esta situación cambió y Martinelli fue disminuyendo las menciones de Varela, en tanto que este último dejaba pasar la oportunidad de capitalizar los beneficios de aquella dinámica, para optar por un discurso de baja tensión.

Por esos cauces ha corrido la relación entre ambos, hasta que, en el mensaje que siguió a la votación de los panameñistas, Varela echó mano del papel oposicionista nuevamente. Utilizó claros códigos para buscar la diferenciación con el oficialismo y hábilmente alternó críticas a la actual administración con propuestas a los electores. Pasó revista a una docena de temas cruciales y se detuvo a detallar iniciativas, en al menos siete de ellos: educación, vivienda, trabajo, servicios de transporte y agua potable, sector agrícola y costo de alimentos. En este ejercicio hubo audacia y si bien no se puede decir que lo consiguió ya, sí se puede decir que su mensaje fue un maniobra dirigida a apropiarse del temario electoral en una temprana etapa de la campaña.

A partir de este momento, que el candidato panameñista convierta su intento en hecho consumado, dependerá, en buena medida, de la convicción que sea capaz de transmitir y de la disposición a asumir un papel que innegablemente tiene sus riesgos, pero que podría representar la diferencia entre ganar y perder en el pequeño, pero intrincado escenario electoral panameño.

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