EL MALCONTENTO

Las motivaciones políticas: Paco Gómez Nadal

Todo ser humano que se precie de participar en su sociedad tiene motivaciones políticas (o debería de tenerlas). Lo político no es más que la definición de la gestión de lo público, de la idea de sociedad y de comunidad que una persona o un grupo de personas tienen. Por eso la falta de motivaciones políticas es una renuncia personal y colectiva a ser partícipe de su entorno.

Sin embargo, las élites contemporáneas han logrado “privatizar” la política y transmitir un mensaje ramplón y pernicioso que insiste en que los ciudadanos de bien no sean “políticos”, que se dediquen a otras cosas, a trabajar –fundamentalmente–, a producir durante el día y a olvidarse durante la noche de todas las canalladas a las que les somete el poder. Yo siempre dudo de la persona que se ufana de no estar interesada en la política o que asegura que no tiene preferencias en ese campo. También es para sacar el revólver cuando un candidato a un puesto público jura ante las cámaras que lo hace “sin intereses políticos”, sino que lo mueve algún telúrico compromiso con la patria.

Por eso es para llorar cuando se escucha a ministras como Lucy Molinar acusar a los gremios docentes de tener motivaciones políticas en su huelga. Lo hace dando por hecho que todos entendemos que si tienen “motivaciones políticas” su protesta contra el decreto 920 es ilegítima, está manchada por perversos y oscuros planes que atentan contra los educandos. Si hacemos la lectura inversa, deberíamos suponer que la excomunicadora no tiene motivaciones políticas, que está en el ministerio por una especie de sacrificio por Panamá y que sus decisiones obedecen a la brújula del bien patrio y no del proyecto político específico de Cambio Democrático y de su líder supremo, Ricardo Martinelli. Su jefe, el mismísimo, también suele presumir de que él no es político, sino empresario, como si eso nos garantizara un extra de bondad.

Pues la mala –o buena– noticia es que todo es político. Todo. Ni se acabó la política ni se acabaron las ideologías –como le gusta repetir a los que tienen la suya muy a la derecha–. La defensa de uno u otro modelo educativo, de uno u otro tipo de centros educativos es, probablemente, uno de los temas políticos más determinantes en una sociedad.

La educación es la espina dorsal de la sociedad del futuro: allá se “manipula” a las nuevas generaciones para que piensen o para que simplemente sean obedientes; es allá donde se conforma el modelo de convivencia o de enfrentamiento que luego se reproduce en casi todas las esferas de la vida social. Una escuela patriarcal reproducirá hasta el infinito el machismo, la violencia de género y el modelo de familia vertical y castrante. Una escuela instrumental –como buscan los mal llamados centros de excelencia– reproduce un sistema de trabajadores y trabajadoras obedientes, sin alma, sin capacidades para participar o modificar su entorno. Una escuela despolitizada reproduce una historia mentirosa sobre el país y sobre el planeta, promueve la explotación entre seres humanos y la del entorno natural, perpetúa la competitividad individualista que está llevando a la especie al borde del colapso.

Esa es la educación que tenemos y la que el Gobierno quiere llevar un estadio más allá, pero en la misma dirección. Los docentes tienen todo el derecho a protestar y toda la obligación de participar con motivaciones políticas. Si no es así, ellos seguirán, como hasta ahora, reproduciendo en las aulas el modelo del que reniegan en las calles. El Gobierno tiene la obligación de generar los espacios de discusión y trabajo necesarios para que el sistema educativo mejore, pero lo debe hacer con un horizonte político y con la convicción de que o es con la participación de toda la comunidad educativa –docentes, técnicos, educandos y familias– o ninguna reforma legal podrá cambiar el lamentable estado del arte de la educación en Panamá.

Las motivaciones políticas, hasta ahora, son claras y no dejan en muy buen lugar a la ministra Molinar, quien, por cierto, no podrá ejercer su cargo si no fuera por la decisión política de su jefe (ya que no está capacitada técnicamente para opinar ni una palabra sobre pedagogía o administración educativa). Así que quizá es hora de discursos amañados y podría empezar a mover fichas en su ministerio. Tantos años al frente y lo único que ha conseguido es provocar protestas e insultar a la ciudadanía.

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