INTERESES DAÑINOS

La mundialización del comercio: Carlos Eduardo Galán Ponce

Si lees la obra de Jonathan Black, Megacorps, encontrarás un panorama muy aproximado de cómo los tentáculos de las grandes corporaciones extendidas por el mundo estrujan, como pulpos, a las naciones más pequeñas. Y haciendo alusión al financista internacional J. Paul Getty , define al mundo de los negocios como “una selva donde los comerciantes son los caníbales”. Donde “la moralidad mercantil es moralidad de piratas”. Y como condición indispensable para la realización de sus propósitos, esas pequeñas naciones victimizadas deben ser regidas por gobernantes con mucho poder –mientras más perpetuo mejor–, con una reducida escala de valores y con una ambición desmedida por el dinero. Personajes que, con la cabeza embutida en su bolsillo, no le hagan ascos a la entrega de los recursos naturales, los retazos de la historia, sus mercados y las ventajas turísticas de los bellos paisajes de su país ni a los intereses económicos extranjeros. Obvio, a cambio de un considerable beneficio personal.

En la actualidad puedes ver en el carrusel de esta gran fiesta del comercio a estos nuevos conquistadores calificados de “inversionistas” por un séquito de individuos, a los que equivocarse no les produce la menor vergüenza. Y que etiquetados como las sabihondas “agencias calificadoras de riesgo” –cuando el verdadero riesgo es creerles a ellas–, pasan a ponerle un 10 a los que abren sus puertas a este desajuste, mientras le “sacan la lengua” en señal de burla a los que optan por conservar sus suelos, sus riquezas naturales, sus empresas emblemáticas y su patrimonio para sus verdaderos dueños. Como era antes de que estos pulpos se acordaran de nosotros. Cuando cada país vivía conforme a sus propios orígenes y costumbres y se proveía sus propios alimentos. Cuando se decía que cada panameño nacía con “una micha de pan bajo el brazo” y teníamos el agua más pura del mundo. Hoy, con gobiernos irresponsables amarrados a esas teorías, nacemos debiendo cada uno más de $6,000.00 y el agua sabe a tierra.

Pero como no es por tontos que estos grandes intereses económicos han podido irse extendiendo por el mundo, ellos saben encontrar dónde están los sitios más vulnerables y apetecibles. Y a veces hasta salen a buscarlos a ellos. Donde el delirio de sus gobernantes por el dinero coincide con la existencia de los recursos naturales que ya han acabado en los lugares por donde han ido pasando.

Como decían los gorilas viejos: “El clima propicio para las inversiones”.

Y cuando llegamos a la osadía de agregarle la comida a este comercio de caníbales, la situación se torna aún más grave. Porque la necesidad primordial del ser humano –y de los no humanos– es su alimentación. Y si algo debe una sociedad seria y responsable procurar, es poder proveerse a sí misma del mayor volumen posible de sus alimentos básicos. Cosa que solo se logra conservando sus recursos naturales y produciéndolos en su propio suelo y por sus propios agricultores. La dependencia extranjera nos tendrá siempre oscilando al vaivén de los mercados internacionales. Y de los importadores locales que no se quedan atrás para “zurrártela”.

Y ya no será un asunto solo de precios, sino de disponibilidad. O de ambos. La demanda por alimentos vista a un ritmo mayor que su producción, cuando las cosechas tendrán como destino prioritario, las poblaciones donde se producen. Y cualquier excedente al que mejor la pague.

Porque lo de abaratar la canasta básica, da risa. Mira al recién estrenado TLC con Perú. Naranjas peruanas en una conocida cadena de supermercados local se venden a 99 centavos la libra. Y hay cualquier cantidad. ¿Cuánto pagan por ellas en Perú? A saber. Pero si un productor local las lleva a vender, con suerte le compran dos sacos y la que se daña se la devuelven. Y si las vende a una planta procesadora no recibe más de cinco centavos la libra. Ese es el aporte de los importadores locales al sistema en que nos han enfrascado.

Estas normas de apertura comercial desaforada son invento de los países más poderosos. Y dentro de ellos, fruto de la influencia de sus intereses económicos, para extenderse con ventajas fuera de sus fronteras. La excusa es mejorar la calidad de vida en las naciones más pobres. Pero resulta que en ese experimento las únicas opiniones que cuentan para beatificar sus resultados son la de los fallidos tecnócratas, la de quienes en algún grado se benefician de él, o la de aquellos a los que los altos precios “se les resbalan”. A aquellas mayorías a quienes, supuestamente, iba dirigido el beneficio de ese invento, nadie les pregunta si algo se le ha abaratado. Pero en la calle dicen que no.

El ministro de Comercio sale a decir que Wal-Mart no afectará aquí a ningún comercio pequeño. Falso. En Estados Unidos su nacimiento provocó el cierre de miles de pequeños negocios. Y él debería saberlo y que, aún hoy, las autoridades del estado de Nueva York no le han permitido establecerse en su jurisdicción por la misma razón. Otra burla es que, a pesar de que la Constitución establece que el comercio al por menor solo puede ser ejercido por panameños, en la práctica parece que es una exclusividad para extranjeros. ¿Adónde nos están llevando?

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