MENSAJES Y SÍMBOLOS

Un mundo irreal: Ramón A. Mendoza C.

Desde hace años, la confirmación de la realidad ha sido un tema debatido por muchos pensadores. René Descartes supuso la realidad de su existencia, porque pensaba. Jean Baudrillard, Noam Chomsky, Marshall McLuhan y otros filósofos cuestionan el significado de lo que es real.

Con el pasar del tiempo, la realidad se ha convertido en algo muy difícil y complicado de determinar. La tecnología nos ha llevado a un plano en que los signos son entendidos como lo real. Por ejemplo, todo lo que aparece en internet lo aceptamos como cierto; los signos y mensajes han desplazado la individualización; lo último que se piensa es que el mensaje informático sea irreal. Hoy frente al ordenador no se piensa, se acepta. Los medios han convertido el mensaje publicitario y la noticia en lo verdadero. El papel moneda es un símbolo de valor que ciertamente no tiene, se lo damos porque lo aceptamos.

El futuro y los valores son símbolos que representan bienes, que no tienen siquiera que existir, son irreales. Por ese camino, los símbolos estadísticos han logrado convertirse en verdaderos, ya no son instrumentos para demostrar el estado de un país, de una empresa, de un gobierno, ahora son la realidad. El producto interno bruto, la renta per cápita, la cantidad de homicidios por cantidad de habitantes, etc., son tomados como verídicos.

Incluso, el poder político como tal ya no es real, es un símbolo, pues las fuerzas que mueven la política no se muestran en este símbolo. La urdimbre de intereses y los objetivos del poder político no son parte de la “realidad política”. Es decir, los hilos del poder no son parte de la simbología política.

Pero allende a ese mundo hiperreal está un mundo diferente, ensopado en necesidades, miseria, ignorancia, hambre y desasosiego. Un mundo de carne y hueso. Entonces, pareciera tener fundamento la crisis de la realidad cuando nuestros gobernantes, haciendo alarde de símbolos estadísticos, pretenden venderlos como “la realidad nacional”.

Somos la mejor economía de Latinoamérica, pero nuestra educación anda a rastras porque cada hora una estudiante queda embarazada, y las infraestructuras escolares dan pena. Somos un país feliz, pero no hay medicamentos ni buenos servicios de salud; tenemos aceptables índices de desarrollo, pero nuestra justicia cabalga en lomos de la corrupción; tenemos hermosos rascacielos, pero la basura ahoga ríos, quebradas y alcantarillas; somos honestos y transparentes, pero la imagen del país es arrastrada internacionalmente y nuestros políticos permiten que empresas cuestionadas por su comportamiento ilegal contraten con el gobierno.

La seguridad pública alega una disminución en los índices de criminalidad, pero casi todos los días hay un homicidio, algunos a plena luz del día; nos muestran estadísticas de mejores viviendas, pero allende a las autopistas nacen –como por generación espontánea– barriadas de chozas inmundas.

Entonces, ¿cuál es la realidad? ¿Vivimos en dos países? ¿Cuál realidad tendrá un mejor efecto?

Los burócratas y políticos tienen un juego peligroso cuando entienden los símbolos como realidad. La autosatisfacción indolente y maligna de esgrimir símbolos, cuando la realidad reclama acciones más directas, crea ambientes sociales descontentos y peligrosos.

Los símbolos no llenan estómagos, no dan cobijo, no dan educación ni satisfacen las necesidades básicas. Puede llegar el momento en que esa otra realidad –la no simbólica– haga crisis, y entonces de nada servirán las alentadoras cifras, los signos ni las imágenes.

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