EL MALCONTENTO

El muro de Panamá: Paco Gómez Nadal

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Hay muchas maneras de poner a la gente al borde de la exclusión o de, directamente, empujarles al otro lado de ese muro invisible pero implacable. Excluir, dejar fuera, quitar a alguien la posición que ocupaba... ese antiguo deporte practicado por las élites y por los sátrapas que hablan de pueblo y halan de él, día a día, para dejarlos por fuera del espacio de la dignidad y el ejercicio de los derechos.

El presidente que caminaba en los zapatos del pueblo prometió mil veces controlar la canasta básica y hacerle más amable la vida a la gente. Pero ahora veo un Panamá con unos precios descontrolados, doblados en cinco años, imposibles para las mayorías.

Los precios de la vivienda en las áreas céntricas de la ciudad empujan a la gente a las periferias y los de las periferias los expulsan a la marginalidad. ¿De qué sirve que suba el salario mínimo si el costo de la vida cabalga al doble o el triple de velocidad? Panamá es una paradoja excluyente con un elegante Metro que conecta dos centros comerciales en los que mirar o por los que endeudarse.

Se nota el crecimiento macroeconómico y que los extranjeros con recursos que han llegado al país disfrutan de restaurantes de moda y modernas infraestructuras. Pero nada de eso es para el panameño medio. Ese, esa que hace fila para buscar transporte público y debe esperar horas; ese, esa que ahora puede tener un empleo pero que seguirá lastrado en la frontera de la exclusión.

Me temo que Panamá es un país con pleno empleo enfermo terminal de pobreza laboral, aquella que deben sufrir las personas que a pesar de tener trabajo no pueden satisfacer sus necesidades básicas y, aún más, no pueden transformar sus derechos en libertades.

La exclusión también se puede leer en clave estética y ética. Los nuevos desarrollos llegan solo hasta la frontera de los viejos subdesarrollos. Parques y canchas deportivas en la nueva cinta costera que se acaban justo en el límite de El Chorrillo; estaciones de Metro sin un papel en el suelo que mueren justo después del torno de salida; ampliaciones de carreteras al interior que bloquean el paso a la realidad de las veredas; un control policial casi asfixiante para los nadie y una delincuencia galopante en sus barrios de exclusión; unos carros de Policía que parecen de película de ciencia ficción y la ficción de la seguridad en un país que está viviendo picos de violencia desconocidos hasta hace bien poco...

Es como si se estuviera construyendo una capital y un país nuevo que pueda subsistir de forma paralela al que ya existía. Es como si, ahora que se glosa la caída del Muro de Berlín, levantáramos la altura de la frontera invisible que siempre ha existido entre los muchos también invisibles y los pocos siempre gozosos.

El problema es que las contradicciones de este falso desarrollo suelen reventar más tarde o más temprano y es mejor hacer algo para evitar que eso acontezca.

No se trata esta columna de la queja sistemática, sino del análisis de la realidad sin maquillaje. ¿Se puede hacer algo? Claro que sí. Lo primero que habría que hacer es enviar señales claras a la ciudadanía de que las cosas van a cambiar. Multiplicar la inversión pública en barrios de frontera y pequeñas comunidades; fomentar la participación ciudadana en la construcción de nuevas infraestructuras (mediante cooperativas) y en la fiscalización de las que ya se están haciendo; elevar la presión fiscal sobre los que más tienen para poder fortalecer el músculo estatal; dignificar la función pública, con funcionarios en lugar de botellas y con instalaciones dignas para los trabajadores y para los usuarios; apostarle a los parques antes que a los estacionamientos y a los estacionamientos disuasorios antes que a los centros comerciales; hacer un pacto de Estado por la educación y la juventud; dar pasos para rescatar de la desidia y la mediocridad a la Universidad de Panamá... La lista es casi interminable pero es viable. Sé que una de las primeras trancas para romper la tendencia excluyente del país es la propia Asamblea Nacional y las trampas de ese CD tramposo, pero ahí le toca al nuevo-antiguo Presidente y a su equipo tomar las riendas y dar señales inequívocas de que las viejas-siempre-nuevas-prácticas corruptas de la politiquería no tienen espacio en este Panamá.

Lo demás (las promesas sin fiscalización, los subsidios sin fondo y las reformas cosméticas) solo significará elevar un poquito más el muro que excluye a la mayoría de Panamá.

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