REFLEXIÓN

La nacionalidad panameña: Ricardo Salcedo López

¿Qué es ser panameño? A mis 50 años creo que he llegado (por fin) a definirlo. Es recibir en nuestras comunidades y pueblos a los extranjeros, su dinero (bienes) y sus hábitos (cultura) sin condiciones ni limitaciones, en el entendimiento de que en cualquier momento se pueden ir y llevarse lo que trajeron. No hay restricciones a la entrada ni a la salida. Y los extranjeros, al ver que son bienvenidos y aceptados, se quedan y (aquí está la diferencia) se integran. Tal como lo hizo Roma, que hasta emperadores nacidos en territorios extranjeros tuvo. Los panameños incorporamos. Y no es que queramos menos a nuestra gente o al camino que nuestros pies sin tregua han recorrido. Somos muy humanos. Gente buena. Aunque seamos panameños raizales y no seamos oriundos del área de tránsito.

¿Cómo, finalmente, llegué a esta conclusión? El Gobierno está llevando a cabo –en hora buena– una legalización masiva de extranjeros –como nunca se había visto en el país– sin que haya habido una sola voz de protesta, desde Cabo Tiburón hasta Punta Burica. Ni una sola. Nótese que rara vez el Gobierno y el pueblo coinciden en algo en forma unánime. La legalización masiva de extranjeros indocumentados que viven en Panamá no ha provocado una sola protesta, en el país de las protestas. Hay protestas contra políticas económicas específicas que involucran la contratación de extranjeros. Pero no porque los contratados sean extranjeros, sino porque nos oponemos a los efectos económicos inmediatos que nos perjudicarían individualmente si se lleva a cabo esa contratación. Públicamente aceptamos que la llegada de extranjeros mejor educados, más preparados y más trabajadores nos beneficia.

En esto emulamos los pasos de personajes históricos con convicciones poco comunes, pero que han influenciado al mundo (para bien o para mal) sin que haya importado la nacionalidad de actores o receptores. He aquí una pequeña lista que quiero resaltar.

El billete de 20 francos suizos lleva el dibujo de la cara del compositor francés Arthur Honegger, quien era de padres suizos, pero que nació e hizo su vida en París. Vivió poco en Suiza. Pero les enseñó a los suizos y al mundo que se podía ser amado esposo y padre responsable, sin cohabitar con su esposa. Con principios distintos, la católica, apostólica y romana santa Teresa de Calcuta, albanesa, nos enseñó que también se alcanza la felicidad renunciando a todo placer material o beneficio personal confortando a los que necesitan o quieren, pero no pueden tener ni bienes ni placeres. Sus restos físicos fueron cubiertos con la bandera de la India en la carroza fúnebre que también había llevado los de Jawaharlal Nehru.

Ernesto Guevara nació y se crió en la Argentina, pero cuando su rebelión de los “barbudos” triunfó en Cuba, se le confió la dirección del banco nacional de un país que no era el suyo. Murió como guerrillero en Bolivia, país cuyo nombre se inventó para honrar a Simón Bolívar, venezolano idolatrado en Colombia y que opinaba que la capital del mundo debería ser la ciudad de Panamá.

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