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RELACIONES DE CAUSA-EFECTO

Sobre la naturaleza y el mercado: Iván Samaniego

La naturaleza es la naturaleza, no existe bondad ni piedad en ella, pero lo humano le atribuye un carácter moral imprescindible igual que falso en esencia. Para el marqués de Sade la maldad era un hecho natural, y exponía cierto punto de vista que le atribuía a la naturaleza un carácter malévolo. El error de Sade fue, precisamente, atribuirle a la “cosa”, en este caso a la naturaleza, un carácter moral. Así el vicio y la maldad son parte de la naturaleza humana, idea contrapuesta al cristianismo occidental.

La atribución arbitraria de relación causa–efecto a fenómenos muchas veces aislados es un proceso cognitivo humano. Esto explica cómo los eventos catastróficos en la historia son endilgados, desde un punto de vista religioso, a deidades que cobran venganza por las malas acciones humanas.

Si es cierto que el cambio climático es atribuible al comportamiento humano, no obviemos que lo humano de por sí atraviesa lo natural en su esencia. Así, el cambio climático y sus consecuencias, más que ser un castigo por el mal comportamiento colectivo, es el resultado per se de la evolución del conocimiento humano. Por una parte se presenta un descubrimiento, por ejemplo, la bomba atómica y los fenómenos de la era industrial que impactan y modifican el medio ambiente, y por otro lado, está la comprensión de los mecanismos sistémicos del ambiente impactado, generándose un nuevo conocimiento. La evolución de sociedades primitivas a industriales trae consecuencias secundarias casi inevitables, llamadas cambio climático.

Estas relaciones de causa–efecto están muchas veces más insertadas en nuestra mente que en la realidad natural de las cosas, así atribuimos a cada evento causas muchas veces mágicas. Imagínese que en la mañana usted se levanta y el carro no arranca, y resulta que usted ha tenido un mal comportamiento y se siente culpable; esto lo lleva a asociar que “el carro no arranca” a una causalidad “su mal comportamiento”. Pero resulta que usted olvida que la batería de su auto lleva dos años y no tiene mantenimiento. Sin embargo, el pensamiento humano muchas veces obvia estas cosas y se aferra a ideas de carácter mágico, sobre todo cuando se está muy imbuido en sociedades y culturas como la nuestra. Este es un ejemplo, tal vez, extremo de lo que sería la atribución arbitraria de causalidad.

Por otra parte, para los economistas capitalistas más radicales el mercado es una especie de hecho natural, cuya absolutez y perfección son indiscutibles; el mercado autorregulado y sus consecuencias, son incuestionables; el usurpador o extraño, en este caso el Estado, debe intervenir en lo mínimo posible en esta ley natural, como si se tratase en última instancia de una verdad absoluta. Esta construcción o constructo hipotético es la mejor vía de intercambio social y económico; de esta manera nos resistimos a pensar que exista otra forma de intercambio superior que la economía de mercado. La naturaleza, en Sade, es el equivalente al mercado en la actualidad, algo casi convertido en una deidad.

¿Y qué decir del Apocalipsis (libro de las revelaciones)? De seguro solo mencionar la palabra ya causa toda una serie de sensaciones de ansiedad y temores, un texto pletórico de metáforas y simbolismos, que han sido asociados irremediablemente a destrucción y muerte.

La idea de un final catastrófico para iniciar un nuevo orden es compartida por casi todas las religiones, de hecho la desaparición de los dinosaurios causada por un cataclismo trajo como consecuencia la aparición de un nuevo orden y la humanidad. Sin embargo, es indudable que la mayor insistencia sobre el tema la hace el judeocristianismo.

De esta manera, todos estos fenómenos del cambio climático y otros son interpretados como señales del fin de los tiempos, aprovechadas por pastores para atormentar a las personas que viven preocupadas por un final cataclísmico. La atribución de causalidad está irremediablemente asociada a los pecados de la humanidad, etc.

Algunos hasta intentan descifrar el símbolo de la bestia el 666, que ya ha sido analizado por algunos expertos que han concluido que se refiere al nombre de Nerón César, un emperador romano del siglo primero d.C. que persiguió a los cristianos antes y durante la escritura del apocalipsis, hecho que explica por qué el código remite al nombre de una personaje del pasado que significó, en definitiva, un anticristo, pues los persiguió y los torturó, y no a un personaje del futuro, como muchos, esperan que aparezca en algún momento de nuestra historia, aunque ya habrá quienes encuentren una oportunidad para descifrar el futuro, sin haber leído la teoría del caos.

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