EL MALCONTENTO

Una buena noticia para la democracia: Paco Gómez Nadal

Las élites disimulan mal su miedo. Repiten un discurso fácil, simplón, en el que estigmatizan las alternativas que puedan hacer temblar su reinado rentista. A las élites les entra el miedo cuando los de abajo se organizan y participan del “juego” democrático tan poco democrático para oxigenar la política con propuestas que buscan, en el medio plazo, subvertir un orden a todas luces inmoral, injusto y articulado desde la simulación.

El discurso de las élites, y de la cultura dominante que alimentan para naturalizar lo que no debería ser así, es de blancos y negros: civilización (occidental) o barbarie; democracia (liberal occidental) o dictadura; orden (coercitivo) o caos; o ellos o el comunismo (así en genérico, sin matices ni distinciones entre las decenas de opciones ideológicas de las izquierdas). Por eso, cuando parte de los de abajo se organiza, buscan en el saco de los tópicos para ningunear o tratar de controlar el fenómeno.

El miedo se lo ha metido en el cuerpo a la élite panameña el Frente Amplio por la Democracia (FAD) porque, contra todo pronóstico, contra la kafkiana ley electoral, contra las prácticas politiqueras de los partidos tradicionales y contra el apagón mediático que hay sobre sus propuestas, va a conseguir los adherentes suficientes para ser una formación nacional reconocida por el Tribunal Electoral.

Dice Jaime Porcell, “investigador” de cabecera de las élites del país, que el FAD, de presentarse en 2014, estará ensayando. “Su meta es 2019, tiene que aprender cómo es el juego”. Y lo que no entiende Porcell ni las élites que consultan su oráculo es que si el FAD quiere tener arraigo y futuro debe cambiar las reglas del juego, desprenderse de la historia trunca de la democracia panameña para construir desde abajo un nuevo modelo que parta de la confluencia y no del mercado de las influencias.

La propia manera en la que el FAD ha recogido las firmas necesarias es ya diferente y un ejemplo de cómo se puede desaprender el “juego” de mentiras y corruptelas que ha mantenido a los de siempre en el poder. El FAD será mucho más partido que el disminuido Partido Popular, mucho más que el caza puestos Molirena y, desde luego, nace con bases políticas más sólidas que el mediático y “chequero” CD o el carcomido por el poder de décadas PRD.

No pienso que el FAD es la panacea: le toca demostrar mucho cuando tenga la oportunidad –si le dejan– de administrar poder público en cualquiera de sus dimensiones geográficas. Sin embargo, desde el escepticismo, he seguido el trabajo paciente, estratégico y complejo de conformación de esta opción política y sé de los intensos debates políticos, de las búsquedas dentro y fuera de casa de modelos que profundicen la democracia, del compromiso de miles de sus militantes sin promesas de un “botelleo” (que, por otra parte, es imposible ni pensar ahora).

Retos: muchos. Una vez conseguidas las firmas, el FAD debe evitar caer en el canibalismo de las elecciones de candidatos; debe huir del afán hegemónico de algunos sectores del Suntracs y buscar la suma de voluntades y de organizaciones para que el Frente Amplio sea realmente amplio; debe evitar a toda costa caer en el “juego” (otro rejuego) de las acusaciones simplonas sobre posibles financiaciones o influencias externas; debe defender con naturalidad y sin complejos su genética socialista; debe huir de la mera crítica a los políticos tradicionales de la derecha panameña para sorprender a las ciudadanas y ciudadanos con propuestas reales, realistas y susceptibles de evolución...

En ninguna de las tres elecciones presidenciales que he seguido en Panamá se eligió a un candidato por su programa electoral. De hecho, casi ninguno tenía un documento que se pudiera calificar como tal. Por tanto, “jugar” en esa cancha de los comicios mediáticos y “bingueros” no es fácil; pero si el FAD ha logrado sortear las trancas para llegar hasta los casi 64 mil adherentes que necesitaba (y eso es un mundo de firmas), debe ser lo suficientemente creativo para hacerles llegar un programa de gobierno serio y en el que la asamblea constituyente originaria sea solo una herramienta para modificar las entrañas de la bestia. Ojalá los medios de comunicación entiendan que la llegada del FAD a la política electoral –se coincida o no con él– es una de las mejores noticias para la joven y magullada democracia panameña y permitan que sus propuestas se conozcan sin aplicarle a priori los adjetivos que las descalifiquen.

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