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HUMANIZACIÓN

Hacia un nuevo orden mundial: Fernando Sucre M.

A partir de mediados de la década de 1990, cuando llegó la transformación tecnológica, la forma y velocidad de llevar la vida y hacer negocios cambió. La Tierra empezó a girar más rápido. La tecnología impidió que las transacciones mundiales durmieran y el conocimiento se abrió a todo aquel que pudiera tener acceso a una computadora. El ser humano pasó de aprender y estudiar solo los temas a los que tenía acceso y que le interesaban, a tener que seleccionar y filtrar tanta información, como la que se ofrece hoy por internet.

Todos estos cambios fueron el inicio y puerta de entrada hacia otros tantos inimaginables. El planeta se achicó, la forma como nos podíamos comunicar se facilitó y, entonces, nos dimos cuenta de que no estábamos solos, que había otras tantas personas en el mundo que podían pensar y defender las mismas ideas que teníamos. Cambiaron las cosas. Se creó un nuevo orden o mejor dicho, un nuevo desorden.

¿Quién podría pensar que tendríamos a princesas enjuiciadas, a un presidente que visitaba a escondidas (en una moto) a su amante; a tesoreros de un partido con fortunas ocultas en los bancos suizos; a las mayores potencias del mundo en quiebra como consecuencia de banqueros inescrupulosos, que nunca han sido sancionados? ¿Quién llegaría a pensar, hace 20 años que, en nombre de la libertad, se permitirían los matrimonios entre personas del mismo sexo o que se legalizaría la marihuana, porque ahora se descubre que no hace daño a quien la consume? ¿Quién hubiera imaginado que contaríamos con comunidades y monedas virtuales que cotizan; con nuevas ideologías políticas y religiosas; con tecnología que nos permite tomar una foto de cualquier conflicto y convertirla en una noticia internacional?

Pero estos cambios se han dado a una velocidad que no ha permitido (o no han querido permitir) a ningún gobierno, por obra u omisión, estar al día. Las leyes aunque han empezado a ser extremadamente cambiantes y especializadas, están muy atrasadas en relación a lo que sucede o son aprobadas para beneficio de unos pocos. Por ejemplo: ¿Cuántos países han regulado o siquiera entienden temas tan debatidos como la clonación o la reproducción artificial asistida? Y eso, por mencionar dos de los ejemplos más simples, pero es que la tecnología y la era del conocimiento en la que estamos envueltos nos impide terminar de entender un tema, cuando ya surge uno nuevo.

Y son los pequeños espacios no regulados, o regulados a la medida, los que permiten que todo lo bueno y lo malo se cuele. Los gobiernos, como dice el autor francés Gilles Deleuze, ya no están para mantener el orden, sino para gestionar el desorden. Por ello, y esto es general, se han convertido en otra empresa, que busca clientes (ciudadanos) dóciles a quienes imponerles normas que regulen el desorden y les permitan a los potentados continuar con sus planes. En nombre del terrorismo mundial, se nos espía a todos por igual, cuando la realidad es que lo que buscan no son a los asesinos internacionales que ponen bombas. No, el espionaje está a disposición de todo aquel que lo pueda pagar con el único fin de obtener información que permita acabar con su competencia.

Nos acusan a todos por igual del calentamiento global y nos piden que reciclemos, pero no se dicta la más mínima ley que obligue a las grandes industrias de los grandes países –los verdaderos responsables–, a que cambien su tecnología. En los años más recientes, han surgido nuevas tendencias, casi impuestas por esas potencias, que buscan aprobar leyes estándares en todo el planeta. La práctica así lo demuestra. Leyes fiscales uniformadas y con un amplio espectro de aplicación mundial; suscripción de tratados de intercambio de información o de doble tributación; eliminación del velo corporativo en aquellos países donde la privacidad era ampliamente respetada.

Esta imposición va en contra de las leyes naturales del comercio, basadas históricamente en la mejor oferta. Ahora, las ofertas de bienes y servicios estarán tan estandarizadas que lo que prevalecerá será el intelecto de cada quien.

¿Ante este desorden, qué queda? Buscar un nuevo orden que no coarte la libertad, pero sancione a los que desean aprovecharse de las desventajas o ventajas por la demora en reaccionar de los responsables de poner los topes. Crear un nuevo orden que permita ayudar a los clientes (ciudadanos) más necesitados, aquellos para quienes no fueron hechas las leyes; los que huyen de su país, hasta a nado, para buscar un mejor porvenir. Un nuevo orden que elimine guerras como la de Siria o la legalización de la droga. Un nuevo orden que dé acceso a la salud a todo ciudadano por igual.

Si nos sirve de consuelo, creo que algún cambio ya empezamos a ver en el papa Francisco, quien ha llegado para asombrarnos a todos con la transformación total de una institución que se debía a los fieles y pobres, pero que había perdido su camino y cuyo responsable no era una sola persona, sino muchas que cayeron en el juego del desorden. Solo nos queda usar los medios a disposición para ayudar a que surja este nuevo orden.

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