TEMA DE ESTADO

Cuatro obstáculos de la educación: Iván Samaniego

En esta oportunidad me referiré a lo que denomino los “cuatro caballos del Apocalipsis de la educación panameña”, variables que, desde mi punto de vista, representan los grandes obstáculos al desarrollo y mejora del sistema.

Empecemos por la “educación mercancía”. Cuando se intenta reglar esta bajo el mismo paradigma capitalista que rige a gran parte de la economía, se comete un error. En Panamá hay colegios cuya matrícula y costos oscilan entre los 2 mil 500 y 8 mil dólares anuales (lo que en algunas universidades cuesta una carrera) y, por otro lado, todavía vemos escuelas rancho o como se les quiera llamar.

Esta disparidad es producto de un sistema sectorizado, dicotómico (público-privado) que impide que la educación sea universal y uniforme. Es decir, proporcional para todos los jóvenes (ricos o pobres).

Los colegios élites en los países en donde la educación presenta altos estándares de calidad se reservan para los estudiantes que, con su esfuerzo y su capacidad, se ganan la oportunidad de ingresar, no para los que por mayor capacidad económica puedan pagar la matrícula y demás.

Sin embargo, este tema no solo se centra en los elevados costos de esos colegios, cuyos directivos lucran con la educación, sino que muchos (no sé si están regulados por el Ministerio de Educación) aprueban a los estudiantes problemáticos y a los que tienen ciertas dificultades, quienes no pasarían de grado en las escuelas responsables. Han convertido a la educación en una mercancía y, en el peor de los casos, su único objetivo es facilitarle al cliente un título, no importa si su ortografía o su capacidad de redactar una carta sea disfuncional.

El segundo caballo lo denomino la “cultura antieducación”. Este es un fenómeno implícito no solo en la cultura rural, sino también urbana, en ciertos sectores del país se observa dicha apatía. Estas creencias son transmitidas por los padres, por lo general, de baja escolaridad, quienes piensan que la educación es una pérdida de tiempo.

Hace poco, una estudiante me contó sobre la frustración de una tía que labora como docente en un área rural de la provincia de Bocas del Toro, porque los padres de familia no muestran interés en la educación de sus hijos. Aunque, por lo general, esto ocurre más en el sector indígena y rural, en la capital también se observa, y se escucha que “en este país no se necesita estudiar para ganar bien”.

La idea está ligada, obviamente, a la mala distribución salarial. Por ejemplo, el salario mínimo que se eleva cada año podría igualarse a lo que gana un profesional, como un trabajador social o psicólogo. Por eso, muchas personas piensan que este es un país de estibadores, empíricos, comerciantes, de mezcladores de cemento, no de intelectuales. Y aunque todo trabajo es importante y digno, la mayor recompensa para el que estudia por más tiempo debe ser un salario proporcional a su esfuerzo académico.

El tercer caballo son los “gremios docentes”, y aunque como educador comparto su insatisfacción sobre los salarios, no comparto sus mecanismos ortodoxos de exigir tales aumentos. En lo personal, para exigir una mejora salarial en lo último que pensaría es en detener el proceso de enseñanza–aprendizaje de mis estudiantes, pues entiendo que ellos no son culpables de mi bajo salario. A quien tengo que exigirle es a las autoridades, no secuestrar el derecho universal del estudiante a recibir educación.

Desde Marcos Alarcón hasta la actualidad, ¿qué han aportado estos gremios docentes a la mejora de la educación, que no sea luchas personales egoístas, políticas enfocadas en sus intereses y no en los de aquellos a quienes nos debemos: los estudiantes? Estos gremios, más que promover la mejora educativa se convierten en obstáculos, pues son alérgicos al cambio.

Por último, no podía dejar a un lado a “los políticos y gobiernos corruptos”, que se han convertido en grandes obstáculos debido a la asignación de presupuestos limitados y por la inconsistencia en sus políticas de Estado, que responden más bien a las influencias partidistas.

En los países con sistemas educativos superiores se invierte entre el 4% y el 7% del producto interno bruto (PIB) en educación, aquí solo el 3%.

Si en Panamá, desde 1990 se hubiese tomado la educación como una prioridad del Estado, manteniendo la inversión entre el 4% y 7% del PIB y, obviamente, articulada de acuerdo a políticas de mejora a largo plazo y con transparencia, hoy tendríamos escuelas públicas con infraestructuras modernas, docentes mejor pagados y capacitados, y estudiantes de excelencia.

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