MEDIOCRIDADES DIALÉCTICAS

El ocaso de la filosofía: Xavier Sáez-Llorens

La reforma educativa del Meduca busca reforzar la habilidad tecnológica y comunicacional (idioma inglés) del alumno, con el objetivo de generar mano de obra calificada que responda al crecimiento económico del país. Hasta ahí vamos bien. No se introduce, empero, ningún cambio que estimule el pensamiento crítico de nuestra juventud. Se reduce la oportunidad para el aprendizaje de lógica o filosofía y se mantiene la asignatura de religión en su estilo doctrinario. En evaluaciones internacionales, los estudiantes panameños han fallado principalmente en ciencia y matemática. La destreza en ambas materias depende de capacidades reflexivas y razonamientos intuitivos, no de memorización de conceptos o fórmulas. He insistido hasta aburrir que debemos abandonar la enseñanza tradicional del qué y cuándo pensar para adentrarnos en el porqué y en el cómo, si pretendemos adecuarnos con solidez al competitivo siglo XXI.

Sin duda, las políticas de derecha que ejecutan muchos países occidentales, herméticamente aferradas a neoliberalismo y globalización, tienen gran culpa en la génesis de este asimétrico programa curricular. Poco a poco, la filosofía está dejando de ser un saber universal para reducirse a una disciplina que solo dominan pocas personas. En su lugar, se prefiere hablar de “valores” a los jóvenes, una idea típica de mentes dogmáticas más preocupadas por dominar emociones biológicas que por propiciar reflexiones éticas. El mercado laboral se ha vuelto demasiado técnico y consumista. Los egresados de colegios optan por cursar carreras cortas y potencialmente más rentables (turismo, hotelería, gastronomía, periodismo, idiomas) que licenciaturas más complejas y prolongadas que nutran el intelecto.

No todo este descalabro académico debe ser atribuido a la derecha. La comunidad de filósofos, habitualmente repleta de izquierdistas universitarios fosilizados, tiene también mucha culpa de lo que sucede y tendría que ser más autocrítica. Es evidente que si la gente percibe la filosofía como estéril retórica es porque algo se ha hecho muy mal. Los discípulos de Sócrates han dado la espalda a los grandes dilemas del presente y se dedican únicamente a disecar las frases de los sabios del pasado. Cuántas veces no leemos guachos ininteligibles en periódicos en los que se busca apantallar al lector aludiendo a Platón, Descartes, Marx, Kant, Nietzsche, Hegel, Hobbes, Ortega y Gasset, Schopenhauer, entre otros. Apenas existe una creación original en Panamá. Los escasos ensayos publicados son solo resúmenes o compendios de las ideas de otros.

La enseñanza de la filosofía en los recintos educativos está mal planteada. No ha sabido adaptarse al entorno contemporáneo. Debería ser más atractiva, contada en lenguaje sencillo y centrada en adiestrar a pensar, en incitar la cavilación sobre la realidad actual. Es difícil entusiasmar a un adolescente en el análisis biográfico de Santo Tomás de Aquino, Popper o Espinoza, pero estoy seguro de que le interesaría poseer argumentos racionales para debatir sobre ética, moral, aborto, eutanasia, homosexualidad, identidad de género, ateísmo, conflictos de interés, pros y contras del socialismo y capitalismo, corrupción, etc. La filosofía no puede ser solo una herramienta para descifrar abstracciones históricas. Debe demostrar que es también útil para entender el presente y anticipar el futuro. Si esto no se consigue, el ocaso de la asignatura en secundaria y universidad es solo cuestión de tiempo. Y eso será, sin duda, un retroceso para toda la humanidad. Quedaremos en manos de dictadores, fanáticos religiosos, supersticiosos, brujos, síquicos, astrólogos y charlatanes.

Las consecuencias de la profundización del pensamiento instrumental son tangibles. Vargas Llosa magistralmente se refiere a ellas como la civilización del espectáculo. El literato peruano señala que la creciente banalización del arte y la literatura, el triunfo del amarillismo en la prensa y la frivolidad de la política son solo los síntomas de un mal mayor que aqueja a la sociedad moderna: la suicida idea de que el único fin de la vida es pasársela bien, teniendo al entretenimiento y la diversión como prioridades esenciales. Él admite que este proyecto de vida es perfectamente legítimo y que solo un puritano empedernido podría reprochar la búsqueda de esparcimiento, humor y placer a seres humanos fastidiados por rutinas deprimentes y embrutecedoras. Advierte, no obstante, que convertir esa natural propensión al pragmatismo hedonista en un valor supremo puede provocar secuelas inesperadas. Entre ellas la trivialización de la cultura, la generalización de la frivolidad y la proliferación de un periodismo irresponsable que se alimenta de la chismografía y el escándalo. Resulta deprimente observar, por ejemplo, que el panameño supuestamente culto reconoce los actores principales de películas o los integrantes de equipos de fútbol, pero desconoce la identidad de los premios Nobel o los científicos que innovan en su territorio.

A las repercusiones esbozadas por Vargas Llosa, agregaría la vulgarización de las redes sociales. Las opiniones cibernéticas (Twitter, medios en línea) están plagadas de horrores gramaticales, calumnias e insultos, con el autor muchas veces refugiado en el cobarde anonimato. Periodistas y políticos exhiben sus faltas ortográficas sin aparente remordimiento. Los defensores de esta basura lingüística citan a la libertad de expresión para justificar sus mediocridades dialécticas. Esta libertad está mal entendida, solo reclama derechos pero olvida deberes y responsabilidades. Para mí es tan peligroso quien la restringe como quien la ensucia. De paso, si somos de similar calaña, no esperemos gobernantes mejores.

@xsaezll

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