RETOMAR LOS VALORES

El c ompromiso de enseñar el respeto a la dignidad: Gloria Zúñiga de Preciado

Para conocer la historia de la humanidad debemos recurrir a su templo interior. Allí encontraremos la fuente en la que sacia su sed de buscar, con vehemencia, el respeto a la dignidad del ser y donde nacen los conceptos de paz, justicia, libertad y las aspiraciones por los derechos humanos.

Todo hombre desde que nace debe encontrar una luz que lo guíe y lo enseñe a ser una persona digna y merecedora de respeto. Llámese padres, familia, sociedad, Estado o religión. El ser humano, entonces, inicia el camino por la vida abonado cada día por esa enseñanza.

Enseñar el respeto a la dignidad es un compromiso de la humanidad que se transmite por generaciones. Es una obra inmensa que no puede dejar de cumplirse. Es un camino de relevo. Cuántas veces por romper esa cadena de relevo, se lesiona, se aterroriza, se oprime, se esclaviza y se denigra a la humanidad entera. Hay que ser fieles a esa misión primigenia, siempre enseñando los valores inherentes a la dignidad del ser, el amor, la gratitud, la honestidad, la lealtad, justicia, fidelidad, tolerancia y la compasión.

Este compromiso nace del corazón de todos los hombres, tanto ciudadanos ilustres del mundo como las personas humildes. Es intrínseco en el ser humano. Es una misión ineludible de la humanidad que perdura en el tiempo y en el espacio; obligación que permanece en el camino de la vida como plenitud en la búsqueda del bien.

El compromiso de enseñar el respeto de la dignidad humana nos hace personas decentes y estructuradoras de paz y libertad. Es un compromiso real y sencillo, empieza desde el hogar, desde la cuna, cuando padres y madres enseñan a sus hijos a defender ese derecho para ser mejores ciudadanos y se enseña con el ejemplo de la buena conducta, con el consejo y el amor al prójimo.

Prosigue en las aulas cuando maestros y profesores enseñan a sus alumnos la verdad, la defensa de la libertad del hombre, el civismo y la honradez y se continúa en las iglesias cuando los religiosos de cualquier credo enseñan el amor a Dios y al hermano, el respeto a los principios que van con el ordenamiento del derecho natural que regula las interrelaciones humanas, practicando la rectitud, los buenos modales, y solidarizándose con el ser humano que sufre.

En el orden político actual es una obligación del dirigente enseñar el respeto a la dignidad del ciudadano. Y es hora de que el sector político cambie su agenda y le demuestre al pueblo que el derecho a la dignidad de cada hombre es primario e inviolable. Que cada nueva ley es para el bien común y su aprobación o su rechazo no está fundamentado por la codicia o razones egoístas y complejas o por los intereses de los poderosos.

Por ello, con un real compromiso con la enseñanza de respetar la dignidad del ciudadano es que se podrá llevar a este país a la verdadera confraternidad para que nunca se repitan los hechos bochornosos que presenciamos hace escasos días y para no vivir con la agresión como algo cotidiano en la familia panameña.

Para comprender este concepto tenemos que tener un corazón humilde, sencillo y dispuesto a escuchar la sabiduría de los que nos precedieron, y no apartar nunca de nuestros oídos la suave voz de Dios, que nos recuerda que fuimos creados con amor y respeto a nuestra propia dignidad como hijos suyos, a través de su mandato sagrado que ordena “amar al prójimo como a ti mismo”.

Tengamos la convicción de que, aunque pensemos diferente, solo fomentando el diálogo en la búsqueda de consensos y respetando la dignidad humana es que se tienden los puentes para la reconciliación y la paz.

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