EL MALCONTENTO

La orfandad en Panamá: Paco Gómez Nadal

Un país, una sociedad, necesita confiar en alguien. O… mejor dicho, en algo. Una sociedad necesita de, al menos, una institución en la que confiar, en la que reposar cuando todo parece perdido, a la que apostar cuando el rumbo está errado.

Eso le pasó a Colombia, cuando, agobiada por la polarización y la radicalidad impuesta por un presidente con afanes autocráticos, encontró en la Corte Constitucional el aplomo que ninguna otra institución podía aportarle. Eso le ocurrió a Costa Rica cuando una sólida institución electoral permitió una sorpresa en la presidencia y una esperanza para recuperar su sistema de protección social.

Panamá pareciera huérfana de institucionalidad. La Justicia es un pozo sin fondo de intrigas, influencias externas, corrupción y desigualdades. La Corte Suprema de Justicia (CSJ) no es una corte suprema de justicia. Nada funciona a pesar de los millones de dólares invertidos por la cooperación internacional, a pesar de los pactos de Estado, ni de las propuestas de la sociedad civil. La Justicia en Panamá es una quimera y ni siquiera la operación cosmética en torno a la corrupción de la anterior administración puede tapar esa realidad.

No me refiero solo a su presidente desacreditado, a los ataques en público, a la injerencia de cada Ejecutivo en el nombramiento de los miembros de la CSJ, sino a la justicia cotidiana. La institucionalidad del Órgano Judicial es efectiva cuando el ciudadano de a pie siente que puede obtener una respuesta justa, pertinente y objetiva cuando tiene que ir a los tribunales. Dudo que un solo panameño se enfrente al sistema judicial sin temor.

Una vez que sabemos que la Justicia no es justa ni legal en Panamá, echamos el ojo sobre la Asamblea Nacional. Y aquí… aquí sí huele mal hace demasiado tiempo. Da igual que se trate de la desacreditada Comisión de Credenciales o de cualquier otra instancia de la Asamblea. La sensación es que en la cueva de los tránsfugas, los aprovechados, los dueños del poder territorial y de los dineros de los contribuyentes no hay nada limpio. El origen de tal podredumbre está en los propios partidos políticos: maquinarias clientelares para gestionar el negocio del poder y no para ayudar en la tarea de lo público.

Panamá está huérfana de instituciones. Y el Ejecutivo, el nuevo-viejo Ejecutivo, tampoco genera confianza en la ciudadanía. Un subsidio acá, una obra allá y miles de dólares que se pierden en el camino. Dos agendas siempre. Una, la ficticia, la que denominaría la de la “política de la pobreza”: eslóganes y proyectos para tratar de transmitir un compromiso con la Panamá marginada que, en realidad, consiste en una gran campaña publicitaria con poco sustento. La otra, la de la política real, sigue alimentando a inversores, piratas, familias de siempre, arribistas habituales, especuladores de la nada… un gran negociado gestionado en los reservados de los restaurantes de moda y en las cloacas del Palacio de las Garzas.

¿Y fuera? Una sociedad civil desgastada y sin demasiados recursos y una ficción democrática que se caerá cuando lleguen las vacas flacas… y llegarán. La Panamá de los poderosos parece confiar solo en la docilidad general y en el control alterno que tiene de esa institucionalidad desgastada. Las élites panameñas se alternan en el poder de forma cíclica y eso hace que nadie se atreva a dar un golpe en la mesa.

Es decir, la técnica de la casta panameña es esperar su turno, nada más. La única esperanza reside en una nueva generación de panameños y panameñas, esos que ahora tienen entre 25 y 35 años, líderes y lideresas que se han formado y que practican en sus tareas cotidianas una ética sólida como reacción al ambiente político torticero en el que han crecido. No los vemos… algunos trabajan dentro de esas mismas instituciones dudosas, otros colaboran con movimientos sociales u organizaciones no gubernamentales. Si son capaces de articularse y de renunciar al estrecho club de la élite, serán la esperanza del futuro del país.

Ellos y ellas -a muchos los conozco personalmente- van a tener que aceptar la orfandad y como cualquier hijo sin padre ni madre, salir adelante apoyándose los unos en los otros. Cuando el país no ofrece confianza, hay que refundarlo. No es aún el momento: hay demasiada plata circulando y la ficción del desarrollismo aún confunde a la mayoría. Pero llegará la hora. El club de la élite no va a regalar nada, pero eso ya lo sabemos: los derechos y la democracia no se conceden… se ganan, aunque seamos huérfanos.

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