EDUCACIÓN

Una egresada orgullosa de su universidad: Dorindo Jayán Cortez

Un ejemplo reciente motiva este artículo. Es uno que debe motivar a quienes definen las políticas públicas de apoyo a las universidades. La joven Jerusalén Smith, proveniente de un hogar humilde de Guna Yala, ingresó, con mucho esfuerzo, a la Facultad de Medicina, y egresa ahora portando el primer puesto de honor. Como ella expresó: “La Universidad de Panamá ha transformado mi vida y la de mi comunidad”. Agradecida de su universidad, su éxito debe impregnar al país entero y convencernos de que hay que seguir abriéndole las puertas a las oportunidades y no cesar en el ideal de que la Universidad de Panamá (UP) es una alternativa para el progreso personal, y un baluarte del desarrollo nacional.

Lamentablemente, las universidades no se ubican como prioridad en las políticas públicas de la región. Los desafíos que afrontan son ciertos. En el caso nuestro, los embates contra la octogenaria institución académica de educación superior no se detienen, aumentan más bien. Se podrían enumerar ejemplos en que son evidentes los obstáculos al funcionamiento institucional en lo que a las finanzas se refiere. Preferimos pensar que se trata de una conducta coyuntural y no una política permanente hacia la UP, que sí haría mucho daño a los fines que cumple esta para los panameños.

Al margen de ese o de cualquier conflicto, hay un aspecto esencial para el futuro de la academia superior y de los programas que proyecta en el país. Nos referimos a la definición del modelo de universidad que hay que plantearse para los próximos años, y debe ser aquella que merecen los ciudadanos de todos los estratos sociales. De puertas abiertas para el ingreso, pero con puertas cerradas para los antivalores que desnaturalizan su esencia. Que instruya con estándares elevados en cada una de las especialidades, sin olvidar el rol de formar ciudadanía en la conciencia y cultura de los panameños.

Hay que pensar en una academia de calidad, que se revisa y mejora sus procesos, respondiendo al mercado del conocimiento, cada vez más exigente. Que postula la real participación de los estamentos que la integran más allá de la democratización, cuyo contenido habría que reorientar y que, de no enrumbarse, podría dar al traste con fines institucionales, como la formación con excelencia y, con ella, los valores éticos y morales que comprometan al profesional con su entorno. No será una universidad atrapada en el pasado, sino que con el pasado y el presente desafiante, construirá los resortes de la UP innovada del futuro.

Si los recursos escasean, como ahora, entonces habría que afinar las herramientas, fortalecer el trabajo y potenciar la creatividad en la planificación de las estrategias que ayuden a superar este y cualquier otro contexto difícil, de manera que no se ponga en riesgo la visión institucional ni el hecho de que la educación superior esté presente en todo el país. Y que la presencia se haga sin miramiento de las condiciones económicas, sociales y étnicas de quienes busquen la oportunidad de realizarse a través de la educación.

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