EVASIÓN

El ostracismo de un presidente: Dorindo Jayan Cortez

La sabiduría ateniense en el mundo griego, a finales de los años 500 antes de la era cristiana, definió el castigo particular para quienes pecaban contra los bienes públicos y otros comportamientos considerados contrarios a la comunidad. La asamblea, de 600 ciudadanos votaba sobre una concha para decidir el futuro del señalado. De ser aprobado, el condenado era desterrado –sometido al ostracismo–, tenía que salir del territorio en menos de 10 días y permanecer fuera 10 años. En aquella civilización se imponía la soledad, como sanción, el desterrado debía sentir los efectos del apartamiento y sin poder disfrutar de lo que le era propio, sobre todo, alejado de su realidad cotidiana. Al final, una cárcel sin barrotes.

Acá, en Panamá, pareciera revivirse un tipo particular de ostracismo, distinto en su forma, pero similar en sus efectos. Un auto-ostracismo que no nace del delito comprobado, pues es esto lo que hace falta y lo que pareciera evitarse, pero que no es ajeno al adagio que reza “quien la debe, la teme”. El expresidente del “cambio” decidió alejarse del suelo patrio, un caso singular en la historia de la política nacional. No sería de extrañar que en cualquier momento reaparezca, sea para reorientar la estrategia frente a los casos delicados que se le siguen, o porque el peso del “refugio” podría ser muy pesado. Porque allá en el sur de la Florida, lejos de los suyos –como relató la periodista María Elvira Salazar– vive “inquieto, incómodo, con preocupación; muy acongojado”. “Si cometió pecado, agregó la periodista, lo está pagando al vivir fuera de Panamá”; y, “no hay plata que lo pague”.

A su salida a finales de enero dijo que se marchaba para denunciar persecuciones en su contra. Un lobby internacional del que nada se conoce, porque quizás nada ha hecho. Primero fue al Parlacen, en donde hizo fuertes señalamientos contra el gobierno panameñista. Alegó persecución y sentir “temor por mi vida”, según sus palabras. Los temores son ciertos, pero no por lo que se alega.

Quedó claro que Martinelli no tiene inmunidad aquí, aunque sí privilegios que igual o, peor aún, dificultan un proceso penal eficaz. ¿Cuáles son los privilegios? Ser investigado y procesado por el pleno de la Corte Suprema de Justicia; investigado y procesado con el nuevo sistema acusatorio, y derecho a la aplicación de los términos abreviados que señala la Ley 55, que reduce la investigación penal a tres meses. A pesar de esto, el expresidente sigue perseguido por su propio temor, quizás por la grandeza de los actos de corrupción cometidos.

La moral de la nación requiere un proceso eficaz, sin el “juega vivo” de los intereses de los poderosos. Hay que sanearla con medidas ejemplares. Si alejarse conspira contra esta posibilidad, entonces es claro que el ostracismo simulado tiene en este caso una clara intención que desmedra el actuar de la justicia. Porque todo parece convertido en una telaraña que, desde lejos y cerca, persigue sacar los mejores réditos para que “nada ocurra”. Pero, como dice el pensar popular, “la justicia tarda, pero llega”.

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