POBLACIÓN ANCIANA

De otoñales y arrugas: Berna Calvit

No vi en los ancianos sentados en el parque ni una chispa de alegría; unos se distraían mirando a su alrededor, otro leía un periódico, el de la gorra “bibop” se miraba los zapatos y en una banca dos de ellos, muy huesudos, con camisetas que alguna vez fueron blancas, fumaban sin cruzar palabra. Eran un cuadro de soledad en la mañana gris que presagiaba lluvia. No había una sola mujer acompañándolos; “parque de machistas”, pensé. ¿Tendrán esposa, hijos, cheque quincenal, un cuarto donde dormir? Y sin fundamentos científicos, me dio por pensar en la vejez. No creo haber oído en los discursos y las promesas de cuanta cosa de los candidatos en campaña electoral, programas para crear o mejorar políticas sociales, sanitarias y económicas para los llamados tercera edad, adultos mayores, ancianos, provectos (palabra de estreno en mi léxico), o simplemente viejos, una población numerosa. Y no me refiero solamente a los que gozan de los “120 para los 70”. También deben contar los adultos mayores que se retiran porque la ley lo dice; los que no han perdido la capacidad física y mental para disfrutar la vida, para seguir siendo útiles.

Se dice que “todo tiempo pasado fue mejor”. ¿Será que la memoria guarda mejor los buenos recuerdos y diluye los malos? Creo que el hoy, aunque diferente, es otra etapa que se puede llenar con buenos momentos. Pertenezco a los “otoñales”, término que me gusta más que los mencionados arriba, y me siento a gusto en esta categoría. Como no soy activista en ningún partido no he sido calificada, que sepa, de “dinosaurio”, adjetivo usado para los “cancha larga” en política; es majadería e ignorancia llamarlos así porque los dinosaurios se extinguieron, pero estos señores están vivitos, coleando y “muy sabidos”. En esa caja dura que guarda el cerebro, las neuronas no “se echan a morir”, no se jubilan ni tienen fecha de defunción; salvo que las afecte el mal de Alzheimer o algún daño de otra naturaleza, se mantienen bien. No hay razón para que las arrugas y la pérdida de cierto vigor sean plasmadas en la imagen del anciano con mente débil, tan profundamente arraigada en la sociedad. Tal vez por ello se comenta con asombro, “mira a Fulano, viejito y todavía con la mente clarita”.

Las estadísticas mundiales muestran una creciente población anciana que se atribuye a los avances de la medicina; a que se conocen más temprano los beneficios del ejercicio físico y la alimentación sana, y a “no colgar los guantes” antes de tiempo. Es una paradoja que al vivir más este grupo se convierte en pesada carga económica; los costos de mantener a los ancianos son altos. Y como no estamos dispuestos a morir masivamente, con algo de suerte nos asignan (o escogemos) el papel de cuida-nietos. Pareciera que cada vez se valora menos la experiencia y la sabiduría de los mayores; con nuevos criterios, el adulto mayor que deja de ser “productivo” según los estándares de las modernas generaciones (especialmente Y y Z) y la traída y llevada relación costo/beneficio, pasan al departamento de desechables, con frecuencia por “discapacidad tecnológica”. La juventud, impaciente, reclama su espacio porque el trabajo escasea, realidad comprensible.

¿Por qué algunos ancianos se mantienen “fosforito” y otros se derrumban? Los científicos afirman que factores genéticos y ambientales, el nivel educativo y el estilo de vida pueden hacer la diferencia. La escasa satisfacción con la vida parece tener relación con el temprano deterioro del cerebro y lamentar la carga de años, es factor negativo. La ancianidad no es enfermedad; si se la acepta sin hostilidad, aprovechando lo bueno que puede brindar, podría considerarse un premio de la vida; atrás quedó la responsabilidad de criar hijos; sin la obligación laboral tenemos a la disposición tiempo para nutrir las neuronas con actividades estimulantes, a nuestro ritmo, sin horario rígido (leer, hacer trabajo voluntario en la comunidad, hacer crucigramas, jugar Scrabble, cultivar plantas, etc.). ¿Ha observado lo mucho que los adultos mayores repetimos, “Todo se me olvida”? Cuando jóvenes también olvidábamos, pero no nos preocupaba; olvidar que se olvida es otra historia y eso sí es problema; pero mientras se rompa la cabeza tratando de recordar qué iba a decir o qué era lo que buscaba en la cocina, ¡tranquilos... ¡al rato lo recordará, ¡Ah, era el llavero! En esta etapa aparecen o se acentúan algunos achaques, (muchas “itis” y “osis”) y mengua la fortaleza física; pero si no se descuida el cerebro, desde donde parten las órdenes para una ancianidad activa, debería responder bien.

Panamá, país con altos índices económicos, tiene una morosidad de larga data con los adultos mayores. Este gobierno, que no logra cumplir cabalmente con la promesa de ponerse “en los zapatos del pueblo”, tampoco se puso “en los zapatos de los ancianos”; no hubo dinero para construir albergues para ancianos desamparados (ni para mujeres maltratadas) y menos, centros para adultos mayores. ¿Nos dará el próximo gobierno el respeto y la atención que merecemos? Sobre la vejez escribieron sabios filósofos; brillantes reflexiones y frases han originado los años maduros. Pero mi frase favorita es mía: “No importa que mi piel se arrugue. Importa que no se me arrugue el alma”.

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