EL MALCONTENTO

El oxímoron de la extinción: Paco Gómez Nadal

Somos un especie agresiva, nociva para nuestro entorno, autodestructiva y suicida. Lo podría escribir de una forma más suave o utilizando alguna metáfora enrevesada, pero permítanme que no me ande con rodeos. No tenemos tiempo. Como explica con detalle en sus libros el especialista Jorge Riechmann, estamos al borde “nada menos que de la ‘sexta megaextinción’. Las cinco anteriores se produjeron por perturbaciones de la biosfera que podemos considerar ‘externas’, y que condujeron a una desaparición de la vida sobre el planeta que en algún caso alcanzó al 90% de las especies vivas; y ahora estamos haciendo lo mismo, pero a resultas de la actividad humana, no de ninguna perturbación externa”.

Todos los expertos (o al menos aquellos que no cobran de un think tank del capitalismo más enceguecido) coinciden en que hemos superado el punto de no retorno y que la vida en el planeta, al menos para nuestra especie y para muchas expuestas a nuestra agresividad, se extinguirá por culpa de la sobrecarga a la que lo hemos sometido con esta actividad industrial frenética y este crecimiento capitalista sin límite.

Hemos vivido, se podría decir, como si no hubiera mañana y el futuro ahora es una pesadilla segura que hemos sembrado con excesiva dedicación. Ni nosotros ni nuestros supuestos líderes nos hemos pensado como ancestros de las generaciones venideras, sino como los últimos invitados a una fiesta cuyos platos rotos no vamos a tener que pagar.

Por eso suenan a chiste las cumbres climáticas –como la que se va a celebrar en el triste París– y, por eso, me enfada tanto cuando los medios y los publicistas del optimismo escriben y hablan de los supuestos “negocios verdes” como el nuevo camino a la salvación inventado por los mismos victimarios del desastre global. La crisis que vivimos ya no es ambiental, sino ecológico-social. La megaextinción hacia la que corremos es antropogénica, creada por nosotros, los seres humanos y ni la ciencia ni los rezos pueden dar marcha atrás a este reloj apocalíptico. Menos lo va a hacer el capitalismo.

“Negocio verde” es un oxímoron; “desarrollo (capitalista) sostenible” es un oxímoron; y un oxímoron, según la Academia de la Lengua, es el resultado de la “combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido”.

Jugamos a salvar el planeta con campañas vacías de sentido, jugando con palabras que se contradicen, invitando a la ciudadanía a reciclar las latas mientras el planeta agoniza. Es como si pidiéramos a los habitantes de una casa en llamas que cerraran el grifo para no desperdiciar el agua. Un negocio, en nuestras sociedades capitalistas, radicales y suicidas, nunca podrá ser verde. No se reducen los gases invernadero pagando a la compañía aérea por la huella ecológica de nuestro vuelo, ni se frena el calentamiento global pagando porque una empresa plante un árbol por nosotros en Indonesia. Por cada microacción “verde” que emprendemos, las industrias y el sector financiero internacional desarrollan una megaacción destructiva de proporciones bíblicas.

Cuando uno lee con atención el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) siente que podría estar leyendo una distopía de altísima precisión científica. Pero no, es la descripción desapasionada del momento que vive el planeta y sus especies (con especial énfasis en la nuestra) y del desastroso futuro que nos espera en las próximas décadas. Pero la fiesta del capitalismo no puede acabar, por tanto, los medios de comunicación y los políticos enfocan nuestros miedos hacia el Estado Islámico (por lejos que vivamos de esa amenaza) y nos entretienen con “negocios verdes” y estériles reciclajes para generarnos la suicida confianza de que, al final, nos evitarán la sexta megadestrucción.

Siento, y me duele escribirlo, que la próxima cumbre climática será un gran “negocio verde”, que los acuerdos serán estériles y las diferencias silenciadas, que la huella ecológica de los desplazamientos de cientos de representantes de gobiernos, oenegés cómplices y observadores no habrá merecido la pena, y que la cumbre se centrará en el minuto de silencio por los atentados de París, en lugar de denunciar el siglo de destrucción que nos precede y el de desaparición que se avecina.

La derecha más recalcitrante y la izquierda más obtusa responderán que soy uno de esos pesimistas apocalípticos que quieren fastidiar la fiesta del “desarrollo”. Es posible. Lo cierto es que cerrar los ojos ante la realidad puede ser tan divertido como subir a una montaña rusa, pero hacerlo sin comprobar si los rieles están bien amarrados es tan estúpido como irresponsable.

El hambre, los extremos fenómenos climáticos, el calentamiento de los océanos, el deshielo del Ártico o los conflictos por los recursos energéticos y minerales dejan más muertos al día que cualquier fanático con cinturón bomba. A veces –demasiadas veces– tenemos desenfocado el miedo.

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