SOCIEDAD

Un país de cuentos e inventos: Dicky Reynolds

Este país emergió al concierto de las naciones tras varios intentos fallidos, siempre en un noviembre. De allí toda la parafernalia de un celo exagerado sobre la colocación de la bandera, del significado de nuestros símbolos y el eterno patrullaje de una caterva de sabios sobre temas de nacionalidad, algunos sin ningún atisbo de credibilidad y coherencia, solo simples multiplicadores de mentiras de la posible fundación del país.

Dado que había tantos personajes e intereses en la creación del país, los ilustrados se dieron a la tarea de matizar su actuación en la gesta patriótica con una grandilocuencia sospechosa y teatral, siguiendo los dictámenes coloniales de un guion político para el escenario de Estados Unidos de América. No nos gusta hablar sobre ello porque sería aceptar la ilegitimidad de su paternidad como honrosa y sin traumas. No nos creemos aquello de “Banana Republic”, aunque sea evidente, nacimos, como se diría en tiempos modernos, por reproducción asistida, para ser poético.

Éramos una aldea de brujos, alquimistas, andariegos, aventureros, de desterrados de otros infiernos que convivíamos entre estadios de miseria y oropel, que necesitaba ser legitimada para ser lo que aparentábamos ser, un país. De tantas incertidumbres que hasta el origen del nombre Panamá no se sabe si se debe a la abundancia de peces, un árbol, mariposas o una voz indígena que significaba “más allá”. Un puente natural por donde dice pasaron los últimos dinosaurios pero, curiosamente, no dejaron huellas.

Prueba nos dio el azar, de nuestra poca atención a nuestro origen nacional fue la impresión de los billetes de lotería que, paradójicamente, mostraba una bandera distinta a la colombiana. Error que quizá advirtió algún natural de ese país por sentirse excluido o víctima de la añoranza de la convivencia bajo su feudo. Pareciera ser curioso y risible este incidente, pero en los libros de historia, que nadie lee, a saber cuántos yerros, cuentos e inventos habrá. Hasta cierto punto desdice ese autoproclamado rol de institución de carácter altruista y reafirma su poca función de crear docencia política y social. La invisibilidad a Colombia en ese pergamino aleatorio nos hizo saber que la deuda, por el despojo histórico, fue saldada por 25 millones de dólares por dictamen del tratado Thompson-Urrutia en 1922, cuyo espíritu fue el siguiente: “eliminar todas las desavenencias producidas por los acontecimientos políticos ocurridos en Panamá en 1903”, luego vino el apretón de manos y la foto, en otra palabras, aunque le pusieron la firma aún perduran los efectos del “guayabo”, que no perdona ni siquiera el gentil emolumento compensatorio.

En este país donde se desayuna con bochinches, se almuerza con conspiraciones y cena con tertulias cargadas de confabulaciones, y si hay espacio, uno que otro caldito de alacranes condimentados con ají chombo. Y ahora que nos hemos modernizado y bajo el amparo del anonimato tecnológico de las redes sociales se inventan otras historias que tienen mercado en la candidez de quienes no tienen tiempo para investigar. Si no prestamos atención nos creeremos la historia, cuando queremos racionalizar, que en Panamá nació Dios.

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