IDENTIDAD Y DESARROLLO

Un país a oscuras: Magdalena Camargo Lemieszek

Durante estas semanas he visto circular el temor infundado de que si no construimos más hidroeléctricas tendremos que volver a las güarichas, y en los rostros se vislumbra un repentino pánico al retroceso. Panamá crece vertiginosamente –nos dicen– ¿por qué queríamos detenernos? Pero, ¿quiénes han definido la dirección de ese crecimiento? ¿Hacia dónde verdaderamente nos dirigimos? ¿Queremos, realmente, que sea el modelo que empleamos hoy el que nos lleve hacia allá?

En la ciudad de Panamá las calles son casi intransitables, debido al número de proyectos de infraestructura en ejecución. Construimos con diligencia puentes, edificios y carreteras. El 10.5% de crecimiento económico parpadea como letrero de neón. Somos imparables, nos repiten. Claro, pero, por otro lado, no estamos formando a ciudadanos con plena conciencia de sus derechos y deberes ni una sociedad que se asiente sobre la sostenibilidad. Desatendemos cuestiones fundamentales como, ¿qué tipo de desarrollo y políticas energéticas queremos, y cuáles son sus consecuencias a corto, mediano y largo plazo en materia ambiental? La mayoría no sabe y tampoco se preocupa por saber. “Panamá: destino turístico 2012”, pero ¿qué relevancia tienen para nosotros la cultura y las artes. Nos jactamos de nuestro crecimiento económico, pero no podemos hacerlo de nuestro sistema educativo. Olvidamos que nuestro activo más preciado no son las estructuras de acero y concreto ni nuestro potencial de inversión extranjera, es nuestra gente y nuestros recursos naturales, pero no estamos exigiendo que se lleven a cabo inversiones sustanciales en su desarrollo y conservación.

Los ngäbes nos han dado una gran lección de madurez como pueblo, pues han sido capaces de sentarse a la mesa y plantear, con valor y lucidez, qué tipo de desarrollo desean; han demostrado que son capaces de defender aquello en lo que creen; su unidad es, además, la manifestación de un pueblo que ha sabido definir su identidad y se enorgullece de ella.

Si nos miramos en el espejo renegamos –producto de prejuicios inverosímiles– del vínculo que nos une a ellos y, por lo tanto, nos privamos de regocijarnos de la belleza de su cultura, de la oportunidad de enriquecernos con su sabiduría, y aprender sus modos de relacionarse con la tierra. Es decir, al ignorar nuestro pasado, que late hoy todavía dentro de nosotros, el perfil de nuestra identidad está incompleto; lo que dificulta, terriblemente, que como pueblo actuemos con unidad y coherencia. Sin pleno conocimiento de los modelos de desarrollo y sus consecuencias, no tomamos a cabalidad la decisión de cómo y hacia dónde deseamos dirigirnos. Hasta ahora, son otros quienes lo han decidido y se han encargado de vendernos muy bien lo que desean; han hecho un trabajo excepcional en hacernos creer que deseamos lo mismo. El ejemplo de la lucha del pueblo ngäbe evidencia que las luces que en realidad nos faltan son aquellas que nos permitan tomar decisiones, defenderlas y construir, de modo consecuente, el Panamá que queremos. Es momento de preguntarnos, como país, a qué tipo de oscuridad, realmente, debemos temerle.

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