CONSTITUYENTE

¿Hay dos países en Panamá?: Antonio Saldaña

Por lo que he leído en las redes, lo ocurrido el 23 de noviembre constituye un inexplicable fenómeno político con ribetes de patología sociológica. En efecto, el domingo pasado, mientras miles de personas se movilizaban en todo el país bajo la consigna del combate a la corrupción, otras votaban y ponían a ganar como diputado de la República a un supuesto corrupto.

Los generadores de opinión pública no logran develar tamaña contradicción o paradoja, esto es, por un lado se está en contra del cohecho y, por el otro, el pueblo de más de una circunscripción electoral vota mayoritariamente por los supuestos deshonestos para que lo representen en el Gobierno.

En mi opinión estos hechos no se pueden explicar a la luz de groseros reduccionismos, como que “el pueblo tiene los gobernantes que se merece”, sino a través del manejo de la dialéctica de nación panameña y de la historia política reciente.

Mucho antes de la configuración del Estado nacional mediante nuestra segunda independencia, en 1903, ya existimos como nación, es decir, una colectividad humana con idiosincrasia bien definida. Lo que ha ocurrido es que una ínfima minoría ha secuestrado el poder político del Estado para beneficio personal, desde los umbrales mismos de la República. Y, en los últimos 20 años, este grupo de interés llamado oligarquía impuso a toda la sociedad su ideología –forma generalizada de pensar de una comunidad–, el individualismo liberal, expresado políticamente en el clientelismo político de dicho sector hegemónico.

Para este segmento minúsculo de la sociedad, pero con poderosos vínculos económicos y políticos, la democracia no es el gobierno del pueblo y el ejercicio participativo de toda la sociedad, sino una caricatura de esta, en la que las personas son “cosificadas” y utilizadas como “fichas” electorales. De modo que la maña política de los últimos cuatro lustros ha sido la de convertir a los votantes en “clientela política”. Con ese fin, los cuatro últimos gobiernos (todos) han utilizado los recursos del Estado para materializar tan perversa conducta política.

El caso es que el clientelismo político y la corrupción pública han crecido hasta alcanzar límites intolerables. Es oportuno afirmar que dichos engendros del mal no los inventó el más reciente expresidente de la República. En todo caso él ha sido un aventajado alumno de la trapisonda política. Ambas prácticas han sido conductas consuetudinarias tanto del gamonalismo liberal del ancien régime, como de la oligarquía neoliberal posinvasión.

De manera que el problema político profundo de la nación panameña y de la República no es la existencia de dos países, como tampoco de personas que, de forma individual, promueven el clientelismo político y para ello utilizan los bienes del Estado. La cruda realidad es la existencia de un sistema político perverso que se ha institucionalizado y ha logrado permear a la propia cultura nacional.

En consecuencia, de lo que se trata es de desmontar el andamiaje oligárquico que ha carcomido los cimientos del Estado nacional; objetivo solo alcanzable a través de la renovación total de las instituciones públicas mediante la convocatoria de una constituyente. ¡Así de sencilla es la cosa!

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