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REDES SOCIALES

El pajarito azul: Berna Calvit

El pajarito azul, ícono de la red social Twitter, es, tal vez, el más popular en las redes sociales. Sin embargo, el simpático pajarito para el tuiteo, especie de mini blog que solo permite opinar con 140 caracteres, tiene amigos y detractores porque, como todos los medios de comunicación, tiene de bueno y de malo según se use. Es cierto que no es lo mismo tuitear y escribir un artículo de vez en cuando, que gobernar, opinión del ministro Alemán en el programa “Radar” en TVN, Canal 2, que planteaba el efecto Odebrecht en Panamá.

¡Jamás se me hubiera ocurrido considerarlo así! Aunque me desagrada la presencia de la firma brasileña, probadamente corrupta, entiendo las complicaciones de rescindir las licitaciones que ganó: costosos litigios para el país; el retraso de obras que quedarían “a medio palo”, mientras se sueltan nudos y se hacen nuevos arreglos; que ante la posibilidad de quedar cesantes, miles de obreros y trabajadores de diversas ramas no se quedarían de brazos cruzados y son predecibles los movimientos de protesta de estos bien organizados gremios. Opiné en un tuit a Radar que el Gobierno debe ordenar la auditoría de todas las obras de Odebrecht. Durante el programa varias veces el pajarito azul estuvo presente en un tema importante para nuestro país.

Que las redes sociales llegaron para quedarse es realidad que no debería ser ignorada ni menospreciada, y menos por los políticos. Mejor es que se “amarren los pantalones” porque son el medio virtual de interacción a través del que critican, denuncian, se quejan y se organizan los ciudadanos; y en el que los Estados, con inmediatez y amplia cobertura, anuncian sus obras y bondades como lo hacen altos funcionarios del gobierno actual. Una de cal y una de arena. La política es el área más impactada por las redes sociales (Facebook, WhatsApp, Instagram, etc.), pero el triunfador en la arena política es el Twitter, poderoso altoparlante de letras para ciudadanos sin voz en otros medios masivos de comunicación. Es lamentable que este recurso sea usado por algunos como depósito de prejuicios, inquinas personales, obscenidades, calumnias, fotomontajes indignos y babosadas (por asociación de ideas). Y de “ñapa”, con las más increíbles faltas de ortografía (“Ay que darle en la ‘cabesa’ a Ayú Prado”). Para balancear su mal uso, y gracias a los hipervínculos, se puede acceder a valiosa información sobre salud, ecología, cultura, etc.

Son tan poderosas las redes sociales que están presentes en campañas presidenciales para difundir los programas de los candidatos y para recaudar fondos (Obama lo logró con gran éxito); sirven para deliberar, protestar y convocar movimientos sociales; destacables los que se iniciaron en Túnez, luego en Argelia y en Egipto, conocidos como la Primavera Árabe (que tuvo la brevedad de la primavera) y en España, los Indignados.

Soy tuitera, aprecio la inmediatez del Twitter, pero “uso pinzas” para leer; hay noticias que se tuitean sin comprobar su veracidad; tuiteros que “abomban”, como pegados a las teclas con “pégalo todo”; otros que solo destilan amargura, resentimiento, jamás una sonrisa en palabras, etc. Para ser tuitera sin perder la razón o la compostura procuro mantener reciprocidad con tuiteros con fino sentido del buen humor y la ironía; con autores de textos con contenido, y con algunos con intereses afines a los míos. Hace pocos días, tal vez con malas intenciones o desinformado, alguien tuiteó que se estaba considerando un aumento de salario a los diputados, y el diputado presidente de la Asamblea Nacional, Rubén De León, se disparó a plantear la necesidad de legislar sobre las redes sociales. ¡Dijo legislar! ¿Poner a andar la maquinaria legislativa porque levantó ronchas una noticia que, visto lo que sucede a diario en la Asamblea, era creíble? El diputado acudió al tuiteo, rápidamente desmintió la noticia y fin del cuento (por ahora). Creo que el “concolón” de la tirria de algunas figuras públicas contra las redes sociales es que escapan de su control. A diferencia de los medios (prensa, televisión, radio) en los que la interacción es limitada y sujeta a simpatías o antipatías por razones diversas (política, rivalidad comercial, enemistad personal, etc.), en las redes no hay limitaciones, todos somos iguales y se tiene la libertad de escoger a quién seguir o bloquear. Pero hay otro punto que viene al caso: en la edición digital los diarios le permiten al lector opinar; si en los tuits se leen groserías, algunas de las que publican los lectores de periódicos son obscenidades y ofensas mayores, amparadas en la cobardía del anonimato. No hay cómo controlar el mal uso de las redes sociales como tampoco en las calles el dedo corazón con gesto grosero o las palabrotas de un irritado conductor. Solo queda desear que los que usan las redes sociales lo hagan por el bien colectivo y para la opinión respetuosa. En un escrito sobre redes sociales el autor dijo: “Opinar ya no es un derecho sagrado, sino una práctica masturbatoria”. Dura frase con mucho de verdad. Aun así, opinar es ejercer el derecho a la libre expresión. Usarlo bien o mal depende del valor que cada quien le otorgue a ese derecho. Para mí sigue siendo sagrado.

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