REFLEXIÓN

¿Qué es ser panameño?: Ramón A. Mendoza C.

Estamos en el mes de la patria. Celebramos nuestra independencia de España y de Colombia. Como siempre, aparecen alegorías y escritos exaltando el denuedo y los valores patrióticos que impulsaron a los “próceres” a enfrentar riesgos extremos para lograr los objetivos patrióticos de independencia y soberanía. Como es usual, al margen de la gloriosa actuación de estos, se da un papel al pueblo que, en una u otra ocasión, aparece como parte y soporte de la iniciativa heroica de los líderes independentistas.

Profundizar en los verdaderos intereses de aquellos que promovieron la independencia de España y Colombia requiere seria atención. Lo cierto es que la iniciativa independentista, en ambos casos, no nació del seno del pueblo ni fue un acto popular. Hay que recordar que ese “pueblo” estaba compuesto por analfabetos y desempleados, para quienes cualquier situación que rompiera la monotonía capitalina era bienvenida como distracción, más aún si se le condimentaba con promesas y esperanzas de un futuro preñado de bienestar general. Ambas iniciativas independentistas fueron prohijadas, concebidas y, en parte, financiadas por notables familias que constituían parte de la burguesía urbana. En la independencia de España, un puñado de estas familias levantó una partida con la que sobornaron a la guarnición española, logrando una independencia sin sufrimientos, mártires y sin un solo tiro. Hicieron lo que sabían hacer: negocios. La independencia costó unos cuantos pesos y se logró, a buen precio, un nuevo Estado, posiblemente el más barato de toda América. Si ponemos en una balanza real y objetiva los intereses económicos de estos “próceres”, afectados por el régimen aduanero colonial y los caros valores patrióticos, creo que se inclinaría hacia los primeros. Esta conciencia mercantil bien la define Justo Arosemena en su opúsculo El Estado federal de Panamá, cuando dice: “... el espíritu mercantil nos fueron de tanta utilidad como las lanzas y fusiles...”. Intriga y oro fueron nuestras armas, con ellas derrotamos a los españoles. Algo parecido ocurrió en 1903. Los istmeños, costeños, tratados y vistos por años desde las planicies de Santa Fe con cierto desdeño y, distanciada la burguesía bogotana de la local, produjeron factores sociales y económicos que urgían una separación, pero procurando utilizar la intriga y el oro, como siempre. Al igual que en 1821, el movimiento separatista del 3 de noviembre fue diseñado y ejecutado por la burguesía capitalina. El pueblo apoyó el movimiento, masivamente, dispuesto a tomar las armas, incorporándose al embrionario ejército nacional en el que, extrañamente, no he encontrado enlistado a ninguno de los próceres, miembros de la Junta de Gobierno ni de la Junta Revolucionaria de aquel entonces.

Hoy, cuando recalcamos la identidad nacional, esgrimimos valores y tradiciones rurales, sanas y limpias, mientras que la “intriga y el oro” parecen ser los valores urbanos que anidan en la metrópolis y contagian a políticos y gobernantes. No solo en momentos separatistas, sino a lo largo de la historia. ¿Qué define la nacionalidad, la intriga y oro o una verdadera identidad nacional? Todavía no lo sé.

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Por si te lo perdiste

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Directorio de Comercios

Loteria nacional

16 Ago 2017

Primer premio

7 8 9 4

DBDC

Serie: 14 Folio: 7

2o premio

6122

3er premio

5195

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código