EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

Sin paños tibios: Berna Calvit

Hace unos días una televisora entrevistó a un grupo de secundaria de una escuela pública que mantenía cerrada la calle para protestar por lo que ya es rutina: las malas condiciones físicas de la escuela. En este incidente resaltaban los gestos, el modo de hablar y la agresividad de los “cantalante” estudiantiles que protestaban; eran “copia al carbón” de algunas de las madres que considero –dicho sin ánimo de ofender ni demeritar el interés que puedan tener en la educación de sus hijos– perjudican la validez de sus denuncias por la manera en que se expresan, a gritos, con empujones, gestos y amenazas. Preocupa pensar que se haya perdido la capacidad del diálogo y que sea, también, la manera en que se comunican con sus hijos. El cierre de calles y carreteras es vieja práctica que, en la mayoría de los casos, sirve más para el desahogo que como medida de presión; son poco o nada efectivas para remediar carencias crónicas cuya solución entorpece la burocracia creada, en algunos casos, para “acomodos” (como los del PAN), emparches y engañosas soluciones temporales. Resolver en forma definitiva los problemas generalmente requiere planificación y coordinación interinstitucional, algo que cuesta entender y aceptar tras tanta promesa incumplida. De poco sirve que somos un país con muchos años de bonanza económica (pero deshonrosa calificación en distribución de la riqueza). Y de ñapa, que escenas como las que describo al principio son favoritas para el rating.

Mientras en otros continentes la muerte asola en guerras, desastres climáticos, enfermedades, etc., en este país privilegiado que no apreciamos debidamente, cada mañana nos trae nuevos episodios de crímenes, corrupción y politiquería “runcha”. Pero nos ha estremecido profundamente que en el Instituto Nacional (IN) un grupo de maleantes estudiantiles llegara a acciones criminales que causaron víctimas seriamente afectadas. Conversaba con alguien que me decía (sin aprobar la violencia) que para entender lo sucedido en el IN (y en casos similares) había que considerar “el todo”, o sea, el deterioro social por consumo de drogas y alcohol; los perniciosos modelos en la televisión y la internet “abre-ojos”; los padres que llegan tarde a casa (por mal servicio de transporte) lo que impide estar al tanto de los hijos; los malos ejemplos de los políticos; que más que victimarios los jóvenes son víctimas de una sociedad que no los protege, por eso las bandas, etc. Mientras conversábamos mi estado de ánimo no estaba en grado de tolerancia; y aunque describía males sociales que reconozco, para mí no encajan con los sucesos criminales en el IN.

Recientemente una madre me contó que su hijo adolescente pasaba vacaciones en una playa; lo llamó varias veces y el chico no contestaba el celular; le mandó un texto que decía: “Si no me contestas en 20 minutos salgo para allá y se acabó la fiesta”; no pasaron dos minutos cuando el hijo llamó“echando cuentos” pero a partir de ese momento, ¡santo remedio!; la madre no estuvo dispuesta a renunciar a su derecho a saber que su hijo estaba bien ni a aceptar la laxitud de que “los jóvenes necesitan su espacio, no se les debe invadir su privacidad, bla, bla…”. ¿Qué pensar de una madre que le tiñe el cabello de rubio o de azul a su niño de cuatro o cinco años y lo lleva al peluquero para un corte estilo Germán es el man? ¿Lo pidió el niño y la mamá no se atrevió a negárselo, o fue iniciativa de una madre de esas que copia lo que ve en abominables bodrios televisivos? ¿Por qué el temor de una madre a preguntar a su hija adolescente que llega en la madrugada, ¿Dónde estabas, por qué vienes a esta hora? Estas no son señales triviales de lo que pasa en las familias. Que los estudiantes vandalicen, irrespeten y agredan porque les prohíben celulares y audífonos en la escuela merece sanciones severas. Estas reglas son de fácil acatamiento y tienen sentido. Les aseguro que ni a mí ni a mis compañeras nos afectó la falda cuatro pulgadas debajo de la rodilla, que severamente eran inspeccionadas y por fortuna, al no existir el celular cero chateo, cero trampa, cero sanción.

Que hay crisis de autoridad en la familia es una realidad. ¿Es esta crisis la causa del deterioro social o es al revés, que son las lacras sociales las que socavan la autoridad en los hogares? Es como preguntar qué fue primero, ¿el huevo o la gallina? ¿Nos hemos convertido, por comodidad o temor a los hijos, en padres permisivos? ¿No sabemos dialogar con los jóvenes? ¿Riñen los derechos del niño con la autoridad paterna? El irrespeto a la autoridad nos alcanza en todos los aspectos. Entonces, ¿qué se puede hacer para rescatar y fortalecer el respeto, en el hogar (primero) y en la sociedad en general? Es tarea de todos. Cerrar los ojos, “eso no es conmigo”, y “dejar al garete” nos está costando caro, es error grande. Los tiempos cambian y hay que ajustarse a los cambios. Pero ello no significa renunciar a los valores permanentes, el respeto, entre otros. Para finalizar, no debe haber “paños tibios” con los delincuentes que deshonran su condición de estudiantes. “Quien no castiga la violencia, la obtendrá” (anónimo).

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