BUSCANDO A LOS IDEALISTAS

De ética y partidos políticos: Ramón Morales Quijano

Nuestro país está siendo beneficiado por un crecimiento económico sin precedentes, y ello obliga al actual gobierno y a las dirigencias políticas de todos los colores a garantizar que este sea sostenible a largo plazo... y que incida profundamente en el desarrollo humano.

La ciudadanía debe evitar ser deslumbrada por el desbordamiento de los ríos de dinero del Estado: suele haber falsas imágenes y malos cálculos en mucho de esto; lo que hoy parece éxito puede resultar un desastre proyectado en el tiempo, particularmente si se improvisa o despilfarra en función de Gobierno, o se es desacertado a la hora de distribuir el ingreso nacional. Por consiguiente, prudencia y transparencia son indispensables. A propósito de lo antedicho, recordamos que hace 49 años el presidente Roberto F. Chiari, en enjundioso discurso, señaló que el crecimiento económico no es solo tener o instalar grandes empresas, ni tampoco hacer inversiones ostentosas, públicas o privadas; que cuando las grandes empresas y las grandes inversiones no conducen al mejoramiento general de la población, traen poca o ninguna prosperidad nacional. Esta es una verdad irrefutable.

Alrededor de la mitad de nuestra población oscila entre los 20 y 64 años de edad y serán ellos quienes verán en el tiempo los resultados de esta extraordinaria inversión pública; pero pocos son protagonistas en el escrutinio de la acción de Gobierno; sus voces apenas se escuchan. Tal vez lo que hace falta es que se conjuguen las características de este rango de edades para que debatan pública y serenamente tanto la realidad nacional como la situación de las instituciones de nuestra débil democracia, partiendo de un enfoque integral que considere, especialmente, el impacto que las acciones de los partidos políticos tienen en los demás. El momento es ahora; quien practica el idealismo de la espera y no interviene para modificar la realidad, es persona sin coraje y sin convicción.

Vivimos en un entorno que ha sido propicio para que al otro día todo siga igual, y para darle muerte a la sociedad política y a todas las teorías explicativas de las funciones de un partido político. Nuestras organizaciones fundamentales hoy muestran estructuras feudales que no representan ideales políticos tendentes a lograr que las vidas de los individuos sean mejores; son tan solo parte de un mercado de intereses sin orientación política estatal. Ya no sienten pasión por la nación como tal; se han convertido en trampolines para beneficio de unos pocos, en inescrupulosas agencias de empleos y, en fin, en aparatos rígidos que coartan el debate y la disensión. Las declaraciones de principios tampoco representan compromiso, y solo contribuyen a la desmoralización, desorganización y aislamiento de los partidos.

Visto lo anterior, hay que darle marcha atrás al predominio de políticos que se nutren de la rigurosa fidelidad de los que no tienen opinión ni juicio crítico propios, y de masas disminuidas por la pobreza o por la simple fragilidad de su condición social.

Este es uno de los más decadentes aspectos de la política y de los propios políticos. En verdad, no hay razón para tener por imposible la vuelta a la ética y a los códigos de conducta que deben regir las organizaciones esenciales de la democracia y el quehacer de sus dirigentes nacionales y locales: es receta para devolverle a los partidos políticos su capacidad para imponer programas institucionales de buen gobierno, y obligación de todos.

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