RAZONES

No creo en el perdón que pidió Noriega: Enrique Jaramillo Levi

En primer lugar, el reo Manuel Antonio Noriega tiene de general lo que yo de cirujano dentista o de astronauta. Habiéndose dado cínicamente a sí mismo ese pomposo título militar, al igual que en su momento lo hizo Omar Torrijos, no debe olvidarse que de todos modos fue degradado en buena hora por el expresidente Guillermo Endara, mediante el Decreto No. 2 de enero de 1990.

Seguir aludiendo a él de esta manera es una burla a la historia y en particular al pueblo panameño. ¡General de pacotilla!

En segundo lugar, pedir perdón por sus crímenes y demás delitos a los ciudadanos de este país mientras fue un subordinado del poder o, pasando el tiempo, teniendo él subalternos que cumplían sin discusión sus perversas órdenes, no tiene absolutamente ningún valor real y trascendente mientras tal declaración no vaya acompañada de una clara y contundente expresión de arrepentimiento, lo que por supuesto no ocurrió en la meritoria entrevista (a medias) concedida al destacado periodista de Telemetro Álvaro Alvarado.

En tercer lugar, su expresa, obstinada y ofensiva renuencia a confesar las circunstancias de sus más conspicuos crímenes, incluyendo el paradero de los restos de no pocas de sus víctimas, pone de manifiesto el hecho de que lo único que Noriega pretende con su petición de perdón es ser amnistiado o favorecido, por razones humanitarias, con medidas más leves de castigo –casa por cárcel, por ejemplo–, para cómodamente y en familia pasar el resto de sus días. Sin ninguna consideración por los familiares de esas víctimas (el sacerdote Héctor Gallegos, el doctor Hugo Spadafora, el opositor Heliodoro Portugal, el mayor Moisés Giroldi y el resto de los vilmente fusilados militares en la llamada masacre de Albrook, abominable crimen contra nueve militares panameños que intentaron darle un golpe militar, ocurrido el 3 de octubre de 1989, casi tres meses antes de la cruenta invasión estadounidense a Panamá, para solo citar unos pocos casos, lamentablemente conspicuos).

Se habla de por lo menos 116 muertos y 48 desaparecidos durante la dictadura, por lo que este hombre de rostro pétreo, inmutable, enigmático, completamente lúcido en su inexpugnable hermetismo, a sus 81 años de edad, no hizo más que exacerbar los ánimos de gran parte de una población nacional, hoy justificadamente indignada.

Tras haber pasado casi 26 años preso en cárceles de tres países (la cárcel federal en Miami, La Santé en París y El Renacer en Panamá, donde llega el 11 de diciembre de 2011, todavía debe ser juzgado aquí por tres crímenes más, por los que aún no ha sido juzgado: el asesinato del opositor Heliodoro Portugal, del soldado panameño-estadounidense Everett Kimble Guerra y del exmilitar y miembro del Partido Panameñista Luis Antonio Quiroz. Y digan lo que digan las leyes, es muy difícil que la gente pueda otorgarle a estas alturas una presunción de inocencia a un hombre diestro en espionaje y crueldad.

Entre otras razones, porque es vox pópuli su comportamiento implacable, vengativo, cuando bajo su mando una y otra vez se defenestraron los derechos humanos de los ciudadanos opositores, y no pocos de sus prisioneros políticos fueron torturados o violados y desaparecidos otros. Para no hablar de los crímenes de tráfico de drogas y lavado de capitales por los que fue condenado fuera de Panamá, y de sus simultáneos servicios de espionaje a gobiernos extranjeros antagónicos entre sí, el más conocido de los cuales era nada más y nada menos que la Agencia Central de Inteligencia.

Es decir, encima de todo, se trata de un auténtico traidor a la patria al haber trabajado, desde las entrañas mismas del poder estatal usurpado durante 21 años por los militares, a favor de una nación extranjera. Una nación que creó y alimentó al monstruo, y que al final, cuando se les complicó el panorama interno en nuestro país, le sacó la tabla y, con el pretexto de capturarlo y destruir a las Fuerzas de Defensa entrenadas por los mismos gringos, masacraron a gente inocente cuando una operación quirúrgica bien planeada hubiera bastado para extirpar ese maligno tumor.

Obviamente, no creo en el perdón pedido por Noriega en la ya célebre sesión televisada desde El Renacer, por más que al hacerlo haya sacudido un poco los cimientos de la democracia panameña. Y digo un poco, porque la vida, con sus altas y bajas, con sus bondades y sus horrores, sigue su marcha, por más que cada día amanezcamos en Panamá con una zozobra o una sorpresa nueva en materia de crímenes violentos callejeros y, a la vez, de corrupción desmedida realizada durante el gobierno cleptocrático de Martinelli.

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