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CONSIDERACIONES HISTÓRICAS

La personalidad de la catedral: Andrés L. Guillén

La escenificación de la liturgia y la celebración del culto romano en la Catedral Metropolitana la convierten en un “teatro sagrado” muy vinculado a su espacio interior y a su planta arquitectónica. Esta feliz circunstancia nos da también una visión poética de su alma, si no ¿cómo explicar su personalidad actual? Tanto su identidad como edificio religioso al ser catedral primada como su goce estético están muy ligados a ese ceremonial litúrgico y a su vocación espiritual que la señalan como madre y cabeza de la Iglesia católica de Panamá.

Por eso, ahora que se habla de su restauración, vale la pena recordar su clara estirpe española, a la vez heredera de una tradición milenaria tanto material como espiritual que tiene su origen en la primera catedral cristiana, San Juan de Letrán en Roma. La nuestra sigue las líneas trazadas por la Catedral de Sevilla que se convirtió en el modelo de la de Lima y esta, en la de Panamá. Todas con las cabeceras rectas y plantas rectangulares que establecía la legislación colonial para las catedrales hispanoamericanas.

Su construcción se inició en 1679 y concluyó en 1796. Los trabajos en su mayoría se hicieron durante el siglo XVIII, años difíciles para la ciudad, en los que se registró la supresión de la Audiencia de Panamá (1739) y las ferias de Portobelo, y se produjeron tres devastadores incendios (1737, 1756 y 1781) que mermaron su actividad comercial y provocaron su decadencia y la penuria de sus ciudadanos y diócesis.

Se puede decir que la construcción de la catedral es espejo de esa época, de su sociedad y circunstancias económicas, lo que explican el porqué y el cómo de su arquitectura y recinto interior. Estas condiciones no mejoraron mucho durante el siglo XIX, que fue testigo de su emancipación del dominio español (1821) y su incorporación a la República de Colombia, período que fue escenario de múltiples sublevaciones, cuartelazos, guerras e intervenciones extranjeras que provocaron el descuido de la catedral y su valor estético.

El siglo XX, con un crecimiento económico y poblacional importante, sí vio cambios dramáticos tanto en la ciudad ya convertida en capital de la nueva república (1903), como en la elevación de la catedral en sede de la Arquidiócesis Metropolitana con sufragánea propia (1955). Sin embargo, con un crecimiento aun mayor en estos primeros lustros del siglo XXI, la condición actual de sus capillas tanto mayores como menores, de su coro inexistente, de sus naves, sacristía y sala capitular no muestran un aumento proporcional en su goce estético como theatrum sacrum digno del culto y liturgia que allí se celebran.

Su riqueza histórica amerita un análisis minucioso y profundo por especialistas en historia del arte, que la sitúen en su contexto histórico-artístico para apreciar ese esfuerzo humano de siglos que la creó. Pero más aún, es necesario que los panameños consideren su embellecimiento y mantenimiento como un deber patriótico y que, con otros admiradores, le presten la atención que se merece como patrimonio cultural nacional y de la humanidad.

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