DIFERENCIAS ELECTORALES

Lo que no pienso permitir...: Daniel R. Pichel

Me toca la columna del 4 de mayo, día en que finalmente pasará el cólico renal este que vivimos desde hace meses, con la campaña política y todo lo que chorrea de ella. En resumen, hoy es el último día que podré tocar el tema político, antes de que llegue el fatídico momento de escoger alguna de las deprimentes opciones que los partidos nos ofrecen para gobernarnos durante el próximo quinquenio.

Lo malo de todos está más que dicho, y creo que la inmensa mayoría de los panameños quisiéramos opciones diferentes para sentir que dejamos el país en manos de gente capaz y no de improvisados que quieren acceso al poder para seguir, en mayor o menor grado, con todos los vicios que son parte de nuestra política. He escuchado argumentos como: “yo sé que van a robar, pero es mejor alternar los ladrones”, “todos roban pero estos hacen”, “los sobrecostos son normales”, “no deben repetir porque están haciendo demasiado dinero”, y otro montón de opiniones que solamente ratifican mi sospecha de que no hay remedio. Da la impresión de que se aceptó que el sistema permanecerá podrido, siempre y cuando quien detente la podredumbre, me caiga mejor a mí. En fin, un asco...

Pero hoy toco un tema mucho más relevante (al menos para mí) que las promesas que no cumplirán o el dinero que “se rebuscarán”. Es el efecto que ha tenido esta campaña en las relaciones de la gente común y corriente. La gran mayoría, personas que gane quien gane seguirán su vida exactamente igual que antes. Trabajando todos los días y pagando sus impuestos, mientras observan el repugnante mundo de los políticos. Esa gente seguirá compartiendo con sus amigos todo lo que los rodea, independientemente de quien alimente a las garzas.

Porque las elecciones se ganan por cosas diferentes. Y la percepción depende del momento. Hemos llegado a un punto donde lo único relevante parece ser la cantidad de concreto que se vacía durante cada quinquenio. Las megaobras son los legados de los gobernantes. Así, Pérez Balladares dejó los corredores, Mireya Moscoso un puente sin accesos y Martín Torrijos la primera fase de la cinta costera. En todos, se habló de corrupción, sobrecostos y “faraonismo”. Mientras, Guillermo Endara no hizo obras monumentales, pero no robó, tuvo un gobierno honesto e inclusive pagó deuda externa, a pesar de las dificultades que tuvo su gestión. Y en aquel entonces, se le acusó de “no hacer nada” y los medios, incluyendo este, al no poder acusarlo de corrupción, festinaron con su afición a los juegos de video, a que tuviera o no aves en su casa o a que tuviera discusiones con su esposa. Al final, terminó su gestión con 16% de aprobación. Lo que demuestra que “la honradez no genera imagen”.

El grado de crispación y disgusto a que hemos llegado es, a mi modo de ver, inaceptable. Dentro de una misma familia, o en grupos de amigos, hay una polarización ridícula, al punto de que se escuchan discusiones con un tono de intransigencia, impropia de gente civilizada. Y las razones de esto son múltiples. Para comenzar, llevamos cinco años donde la confrontación y la agresividad parece ser el principal argumento al más alto nivel del gobierno. He llegado a pensar que el Presidente y su entorno necesitan pelear con alguien para sentirse a gusto. Y eso, si bien es un rasgo perfectamente válido en la personalidad de cualquiera, no es saludable para los responsables de buscar consensos, resolver problemas y facilitar la convivencia armónica entre todos.

Como digo en el título de la columna, yo no voy a permitir que una contienda política que ni me va ni me viene afecte de manera alguna la querencia por mis amigos. No me parece lógico que quienes apoyan al gobierno consideren que votar por la oposición es condenar al país al atraso y casi a la bancarrota. Igualmente, es absurdo que, quien defiende la gestión gubernamental sea visto casi como un delincuente, que defiende los sobrecostos, la corrupción y la concentración de poder.

En realidad, la decisión de votar por unos u otros es individual, y cada quien tomará en cuenta todos los elementos y considerará prioritarios unos u otros a la hora de marcar la papeleta y depositar el voto. Y las razones son muy variadas. Unos, porque les afecta de forma directa quien gobierne, para mantener su trabajo o su comodidad. Otros ven como prioritario que se sigan realizando obras de infraestructura. Otros creen que hay que salvar la democracia que estaría irremediablemente condenada a morir si repite un gobierno de CD. Los menos optamos por considerar que, ante tan pobre oferta electoral, lo más honesto es no votar por ninguno, aunque eso implique que los demás escojan quien nos gobernará. A fin de cuentas, si se está convencido que todos son lo mismo, qué más da quien lo escoja. Eso sí, nadie le cree a nadie cómo votará porque al final: el voto es secreto.

Por eso, no estoy dispuesto a que las amistades, “esa familia que uno escoge” se vean afectadas por una cosa tan ridícula como una campaña política. Porque, como dice Alberto Cortez: “Un barco frágil de papel/parece a veces la amistad/pero jamás puede con él/la más violenta tempestad/porque ese barco de papel/tiene aferrado a su timón /por capitán y timonel/¡un corazón!”... @drpichel

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