CONCENTRACIÓN DE PODER

El plan del despótico: Mario Velásquez Chizmar

Todo evidencia en Panamá que nos gobierna “el despótico”; cuando él quiere frutas, corta el árbol de raíz, y recoge su “premio”. En ninguna parte del mundo, en ningún momento de la historia universal, estos bastos personajes han sido complacientes con las reglas del juego. En la actualidad, los sables han sido sustituidos por el dinero que paga la creatividad publicitaria, las pomposas fachadas y la circuncisión de las conciencias. La misma ambición, igual fin: prolongarse en el ejercicio del poder a como dé lugar.

Aquí no ha sido casual que la preferencia por un candidato oficialista conllevara un delicado proceso de decantamiento que logró obtener un producto bien alambicado que no provocara reacciones alérgicas en el futuro. Divorciar luego la propaganda gubernamental de aquella netamente electorera fue otra parte de la idea. La estocada final fue casar la propuesta con su esposa, no por temor ni como un error, sino como parte fundamental del plan continuista que siempre circundó la mente de Martinelli. Su intento por secuestrar la cosa pública nunca se limitó a las labores propias de gobierno sino que desde un principio sus ojos estaban puestos en mayo de 2014. Vivimos los estertores del plan. No son los momentos más álgidos, pero sí su último capítulo. Aunque el desenlace esté aún por confirmar.

La concentración del poder no se limita al desconocimiento del principio de separación de poderes. El clientelismo no es únicamente un concepto arcaico de hacer política. El hábito de gobernar con sobresaltos no es solo el reflejo de una personalidad volátil. La corriente de crecer con los tránsfugas al sonido de las monedas, trasciende el entorno de prácticas antidemocráticas; la realización de obras no se inspiró en el amor a la Patria; y enfrentar y solucionar problemas sociales no fue guiado por el clamor popular. Cuando el despótico incursiona en la actividad pública, piensa solo en sacar rédito político, en conquistar masas, en sumar adeptos, en embolsarse a la gente para que lo ayuden a seguir en las mieles del poder. Sus movimientos son calculados. El despótico es amante de la planificación política. Olvidarse de ello, se paga caro. Sus locuras no son episodios circunstanciales. Todos sus gestos y “gracias” tienen un objetivo muy concreto: desarmar al adversario.

Dejándole caer el puño de la libertad, nutriendo nuestra democracia con abrumadora votación, será posible expulsar al despótico. Es una situación política difícil, pero por eso mismo es fácil de resolver; no hay más que una solución. El 4 de mayo hay que salir a votar masivamente por la opción que represente un verdadero giro a las despóticas prácticas de gobierno. No se trata de seguir con lo bueno, sino de acabar con lo malo, que ha plagado toda la actividad gubernamental. Es cuestión de hacer lo correcto, no para embellecer la fachada, sino para enriquecer integralmente al dueño de la casa. Votar por un equipo. Por una organización con peso histórico, motivación y estructura nacional.

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