CUESTIÓN DE ACTITUD

La pobreza de un país rico: Amarilis A. Montero G.

Cuando era niña, recogíamos los nances después de que pasaban los aguaceros, en las tardes de junio y julio. Recuerdo que iba a la casa de la vecina, la maestra Tomasita, que tenía un árbol de nance, que alfombraba con frutos amarillos todo el suelo alrededor de su tronco. En cuestión de minutos, mis hermanas y yo dejábamos el patio sin un solo nance. Regresábamos a la casa con los recipientes rebosantes de frutos frescos, listos para ser embotellados con un poco de agua. Los niños de aquella época teníamos las riquezas de la naturaleza para disfrutar. Los nances, mangos, marañones y demás frutas de estación siempre estaban presentes, porque teníamos muchos patios y amplios potreros en los que crecían árboles llenos de esas maravillosas frutas. En cierta forma, esto ha cambiado.

Los árboles frutales todavía crecen y nos siguen dando sus productos. Aunque ya no son tan abundantes como antes, considero que no hay escasez de frutos tropicales, sino de gente que esté dispuesta a cosecharlos. Es triste ver cómo se pierden los mangos en el suelo, que los nances no se recojan ni los marañones se cosechen. Conozco de gente que prefiere talar estos árboles para no tener el “trabajo” de recoger o cosechar nada. ¡Hasta dónde hemos llegado! Más que las riquezas de nuestros recursos naturales, debemos analizar cómo nuestras actitudes nos convierten en un país con limitados recursos humanos. La disposición para el trabajo o, como decía mi abuela, los que trabajan con Juan Banco (siempre sentados haciendo nada) determinan el empuje y los deseos de superación de una sociedad. Es fácil quejarse y decir que los extranjeros nos están quitando las plazas de trabajo, y que los salarios son bajos en comparación a los que devengan algunos foráneos. La realidad es que no estamos preparando el recurso humano panameño que enfrente este reto de calidad. Los tratados internacionales de comercio obligan a los países a mejorar sus mecanismos de producción y comercialización de productos. Y si no hay profesionales para enfrentar este reto, la importación de trabajadores parece lo más indicado. Esto representa un trabajador local menos y así se generan los conflictos con los gremios de obreros, docentes, profesionales y demás.

Hemos creado la reputación de la sociedad del “juega vivo”, en la que algunos tratan de sacar provecho de los demás o de algunas situaciones para obtener dinero y poder, fácilmente. ¿Será que hemos perdido la honestidad, el amor al trabajo, la capacidad de pensar, reflexionar y exigir mejores dirigentes gubernamentales? ¿Seremos pobres de espíritu y de deseos de superación? Quiero pensar que no, pero cada vez que veo que nuestros recursos se pierden, que los árboles se talan para colocar bloques y cemento o que nadie se agacha para recoger un nance, pienso que somos pobres, aunque vivamos en un país rico.

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