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EXAMEN SOCIAL

La política es el reflejo de nuestra naturaleza: Mauro Zúñiga Saavedra

Se dice que la política criolla es la causa de los males que nos aquejan. Desafío esa noción. La política es la consecuencia a la que hemos llegado por nuestra naturaleza o identidad (metafísica), por la forma que tenemos de comprender la realidad (epistemología) y por nuestras convicciones sobre lo bueno o malo en la sociedad (ética).

La política no es un absoluto primario, desgajado de la metafísica, epistemología y ética. Solo comprendiendo las primeras tres ramas de la filosofía llegaremos a aquel “conjunto de principios apuntados a establecer o mantener un cierto sistema social; un programa de acción de largo alcance, con los principios sirviendo para unificar e integrar pasos particulares en un curso coherente”–que se llama ideología política–, apunta la filósofa Ayn Rand. “Es solo a través de principios que los hombres pueden proyectar el futuro y escoger sus acciones en consecuencia”.

Y, ¿cuál es la naturaleza del panameño? ¿Es un ser productor o importador? La balanza de pagos retrata la realidad absoluta del panameño en la economía. En el contexto actual, tenemos un déficit por cuenta corriente que ascendió a 5 mil 258 millones de dólares en 2014, según datos de la Contraloría General de la República. Esto significa que hay necesidad de financiación porque el panameño gasta más en productos extranjeros, que los extranjeros en nacionales, o que recibieron menos remuneración por sus propiedades en el exterior, que la pagada a los extranjeros por las suyas en Panamá. El panameño es importador por naturaleza e invierte poco en el exterior, si se compara con lo que hacen los extranjeros en Panamá. Eso deja la puerta abierta a ser tolerante a la inversión directa extranjera, que se ubicó en $4,718.9 millones en 2014, según datos oficiales.

Con esa naturaleza importadora y cierto temor a producir, a ser emprendedor, empujada también por la ubicación geográfica, ¿cómo lograr comprender los hechos de la realidad? ¿Es la realidad un firme absoluto o un reino fluido, plástico e indeterminado que se puede alterar, en todo o en parte, por la consciencia del panameño (sentimientos, deseos o caprichos)? Si acepta la primera, actuaría y lograría sus objetivos en consonancia con los hechos de la realidad, integrándolos en busca de una salida a cada problema. Si la realidad es un reino movedizo, entonces él puede vivir, actuar y lograr sus objetivos fuera y en contradicción a su naturaleza, lo que deja suelto sus deseos sin causa como herramientas de conocimiento. Significa no reconocer su naturaleza importadora, y actuar en contra de ello por puro capricho. Basta identificar a un grupo en la sociedad cónsono con sus emociones, para ser partidario. Es el subjetivismo que se refleja en la cantidad de agrupaciones de la sociedad civil y de partidos políticos.

Mientras el panameño no examine su propia naturaleza y la forma que tiene para comprender la realidad, el político seguirá determinando qué es lo bueno o lo malo, no para la sociedad, sino para cada uno de nosotros. ¿Es bueno el código del autosacrificio, el altruismo? ¿Es malo contar con un código de valores propio y racional? ¿Es bueno el deber kantiano, la necesidad moral de realizar ciertas acciones sin otro motivo que la obediencia a alguna autoridad, sin tener en cuenta ningún objetivo personal, motivación, deseo o interés?

Ahora echemos un vistazo a nuestra sociedad. La política elimina a la competencia por ley, mediante pocos incentivos al productor o emprendedor, favoreciendo con “monopolios coercitivos” (licitaciones o concesiones) a las transnacionales; los grupos de la sociedad civil dicen ser los amos de la verdad y recurren a la denuncia como único mecanismo para frenar los excesos del poder, cada uno atrincherado y cuidando sus intereses; y los partidos, sin ideología, han degenerado en grandes negociados. ¿Quién está en lo correcto? Esto nos enfrenta a la pregunta: ¿a qué grupo quiere mantener?

La política tiene medidas de obligado cumplimiento, dado el altruismo dominante, y las instituciones existen gracias al deber como ética. El panameño vive sacrificando su felicidad por el deber moral. Curioso es despertar y darse cuenta de que esos objetivos no se logran de forma voluntaria, sino mediante acciones coercitivas, típicas de uno de los dos arquetipos que han existido a lo largo de la humanidad, el hombre de fuerza (el burócrata de turno). No nos llamemos a engaño. El estado al que hemos llegado es producto de la destrucción paulatina de la filosofía, retirada de las aulas de clases y de los debates nacionales por considerarla ¿improductiva? “La filosofía no es un lujo, sino una fuerza poderosa de la que nadie puede escapar. Quienes dicen estar menos interesados en ella son los que más la necesitan”, dice Rand.

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