INSTRUMENTOS DE GOBIERNO

Sobre el populismo y el clientelismo: Ramón A. Mendoza C.

En estos días es común escuchar los términos populismo y clientelismo. Escritores y politólogos han estudiado ambas figuras, ahondado en sus entrañas y sus nefastas consecuencias. Pero, ¿qué son? Es común que se confundan pero, son dos tipos distintos de deformaciones políticas, o como dicen algunos tratadistas, “un síndrome” de la degeneración política.

El populismo tuvo su origen en Estados Unidos, a finales del siglo XIX en el People’s Party, un movimiento de granjeros que protestó por el monopolio del mercado de materias primas y fue una tercera fuerza ante los tradicionales partidos Demócrata y Republicano. El populismo no es una ideología, es simplemente la motivación de masas por medio de una demagogia que cala, sobre todo, en la gran masa desposeída, excluida y carente de una adecuada educación. Se le dice al pueblo lo que quieren escuchar. Normalmente surge un “líder” que dice representar los intereses de esas masas, aunque en el fondo suele ser lo contrario. Por ejemplo, se lucha contra la contaminación ambiental y se amplía el parque termoeléctrico. Se dice mejorar la educación con obras físicas, pero se mantiene una educación mediocre.

El populismo, en el fondo, es altamente antidemocrático, pues esta clase de gobiernos manipula a las masas para lograr su propia agenda, normalmente, mantenerse en el poder. En Panamá, los partidos políticos, anémicos de ideologías nadan a satisfacción en las aguas del populismo, gracias a la mediocre educación formal y política de la mayoría de la población.

El clientelismo nace en la antigua Roma, donde un patronus entregaba condicionalmente bienes a un “cliente”, quien a cambio, ofrecía obediencia y respaldo, que con el tiempo terminó en apoyo político. Modernamente, el clientelismo va casi siempre de la mano del populismo y, tal vez, por eso la confusión. El clientelismo no es más que el otorgamiento de bienes y servicios para crear fidelidad o gratitud para asegurar el control político.

El clientelismo en Panamá es un mal crónico, siendo más notorio y crudo a partir de lo que llaman la nueva etapa democrática. El clientelismo, como forma de hacer política y de gobernar, es disfrazado bajo la retórica populista de programas sociales para la redistribución de la riqueza o de ataque a la pobreza otorgando una gama de subsidios, cuando realmente lo que se procura es condicionar la lealtad política.

La incapacidad gubernamental de crear sólidas políticas de Estado deriva hacia una estrategia clientelista desembolsando cientos de millones en subsidios con resultados cuestionables. Los políticos criollos son maestros en el arte del clientelismo. Anémicos de propuestas, sin una brújula ideológica, ensopados muchos de corrupción, saben aprovechar la desdicha humana para lograr lealtad política. La compra de conciencia y de votos, a cambio de bloques, cemento o comida, es clientelismo vulgar. A nuestros partidos políticos, instrumentos de intereses particulares, entes sin ideología y nidos de corrupción, se les debe reconocer el mérito de saber utilizar el populismo y el clientelismo como instrumentos para gobernar y hacer política, denigrando la conciencia y el pensamiento de los votantes.

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