EJERCICIO PROFESIONAL

Ética médica, a propósito del ébola: Xavier Sáez-Llorens

Desde inicios de la epidemia actual de ébola en la región centro-occidental de África, escribí sobre la exigua posibilidad de tener un caso real en suelo patrio. Es aún menos probable ahora debido a la restricción en viajes aéreos, al cerco epidemiológico de personas procedentes de los pocos países afectados, a la disminución en la ocurrencia de nuevas infecciones y a la incipiente disponibilidad de vacunas efectivas. El pánico inducido por los medios, no obstante, provocó fisuras preocupantes en la integridad del médico contemporáneo. He sabido de galenos que han manifestado su disconformidad con la atención de pacientes sospechosos y rechazo a practicar maniobras salvadoras de reanimación cardiovascular. Para colmo, un representante del colegio médico dejó entrever que los derechos de los médicos están por encima de los deberes laborales. Quedé tan perplejo al escuchar estos comentarios que me gustaría exhortar a los decanatos de las varias facultades de medicina del país a que escudriñen minuciosamente las actitudes vocacionales de los estudiantes y robustezcan la enseñanza de los preceptos deontológicos en el currículo académico.

Aunque la obligación que tiene un profesional sanitario de atender al prójimo, aún exponiéndose a peligros propios, no está plasmada de forma explícita en los códigos antiguos de comportamiento, el compromiso parece tácito. El Juramento Hipocrático (redactado en el siglo V a.C.) indica que el objetivo principal de todo médico es el bienestar de los enfermos. Este documento fue revisado en 1948 para adaptarlo a los disímiles escenarios epidemiológicos, culturales, científicos y económicos de nuestra era. La nueva versión denominada “Declaración de Ginebra” exhorta a consagrar nuestro oficio en beneficio de la humanidad, enfatizando que la salud y la vida del paciente deben ser las primeras preocupaciones de los facultativos. Los reglamentos deontológicos, más modernos y avalados por la Organización Mundial de la Salud, subrayan los aspectos morales de la prestación de servicios, señalando que la atención de urgencia es un deber humanitario insoslayable de los discípulos de Esculapio. Finalmente, los principios bioéticos, consensuados internacionalmente, destacan los valores de beneficencia (hacer el bien), no malevolencia (no hacer daño) y justicia (equidad en el cuidado) que deben regir la práctica asistencial de la medicina.

Nosotros estamos siempre más expuestos a infecciones que la población general debido a la mayor exposición con los gérmenes causantes de enfermedad. Es obligación del Ministerio de Salud y de las direcciones hospitalarias, por supuesto, proveer todo el equipo protector óptimo para que el personal sanitario brinde su atención al individuo afectado de la forma más segura posible. En condiciones de emergencia, ante epidemias o en momentos de desabastecimiento de insumos preventivos por los suplidores correspondientes, no obstante, la protección podría resultar algo más laxa de lo habitual. Con mucha frecuencia, recuerdo las palabras de mi padre hace unos 40 años, cuando le resecaron parte de un pulmón (tratamiento antiguo) y administraron medicamentos antifímicos para una tuberculosis adquirida al lidiar con personas tísicas internadas en el hospital Nicolás Solano. Él nos decía: “Son riesgos inevitables que corremos los médicos en el ejercicio de la profesión y que asumimos porque para eso escogimos libremente el camino del altruismo”. Su frase me sirvió de inspiración para matricularme en la universidad nacional. Mi primera gran decepción ocurrió durante la década de 1990, cuando presencié a colegas rehusando el manejo de pacientes con sida. Algunos cirujanos y anestesistas se negaban a operar a niños o adultos infectados por el VIH. Mis comentarios enérgicos contra esta discriminación terminaron en rencillas verbales con compañeros de trabajo. Al final, sin embargo, después de varias actividades docentes, se logró concienciar al personal, al menos en el Hospital del Niño, sobre la necesidad de ofrecer cuidados multidisciplinarios de calidad a los infantes afectados.

La práctica médica es un apostolado social similar al que ejercen policías y bomberos. No me imagino a uno de estos guardianes huir de tiroteos o incendios por temor a sufrir consecuencias adversas. El miedo es una condición que experimenta todo ser humano. Cuando uno decide actuar en una de estas ocupaciones, empero, la mente debe estar preparada con anticipación para brindar ayuda a las víctimas de manera automática. Nuestra carrera no es apta para aventureros de la política o los negocios, sino para gente dispuesta a servir con abnegación y sacrificio. En estos últimos tiempos, tristemente, la medicina panameña se ha sindicalizado y gira alrededor de mezquinos intereses gremiales.

El ilustre Dr. Luis Picard-Amí fue el pionero en introducir las nociones deontológicas en el programa estructural de su cátedra, conceptos que impregnaron la conciencia de muchos alumnos. Desafortunadamente, algunos colegas parecen haber olvidado estas valiosas enseñanzas y anteponen sus derechos a los del paciente necesitado. A mí no me formaron así. Y, a ti, ¿cómo te formaron?

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